TEXTOS PARA 4TO C EES N° 51

Leemos el cuento Sucker en voz alta y conversamos a partir de su lectura.
http://campus.belgrano.ort.edu.ar/lengua/descargar/repositorioarchivo/871382/

Este trabajo tiene validez de Integradora, deberá ser realizado en clase. Las hojas serán cada clase entregadas a la profesora.

  1. Consignas de relectura:

  1. “Mi madre nunca me molestó porque tenía que ocuparse de los más chicos.” ¿Qué situación familiar se infiere a partir de este dato?
  2. ¿Qué datos biográficos tenemos de Sucker al comienzo del cuento?
  3. “(...)le dije que si saltaba de arriba del garaje con un paraguas, éste actuaría como un paracaídas y que no caería fuerte. Lo hizo y se reventó la rodilla. No es más que un ejemplo.”  ¿Qué intenta ejemplificar el narrador?
  4. El  fragmento de la pregunta 3, ¿se trata de una analepsis o una prolepsis?
  5.  “Cuando Sucker era pibe y después hasta la época en que tuvo doce años creo que lo trataba tan mal como Marybelle a mí”.  Este fragmentos también se trata de una analepsis. ¿Te parece que abarca más o menos tiempo que la analepsis analizada antes?

  6.  Seleccioná fragmentos donde se puedan observar estas cuatro alteraciones de la velocidad del relato.  

    7. ¿Cuanto dura el tiempo cronológico narrado en el cuento? ¿Qué marcas explícitas tenés en el texto para darte cuenta de este tiempo cronológico?

    8. Antes de empezar a contar la  historia con Marybelle, el narrado explicita algunos aprendizajes. Selecciona algunas frases que muestren  esos aprendizajes.

    9. ¿Qué intenta expresar el narrador cuando dice que “Es imposible describir a Marybelle? Qué importancia tiene este personaje en la relación entre Pete y Sucker?

    10. “No me acuerdo bien, no puedo decir esto pasó tal día, esto pasó tal otro. Estaba  tan confundido que las semanas se me iban sin que yo me diera cuenta.” ¿Que acontecimiento sucedió que altera al narrador y lo confunde? ¿Qué efecto produce en el lector que el narrador recuerde algunas cosas y otras no, o  que algunos hechos sean recordados con mayor o menor detalle ?
    11. “ Cállate la boca, imbécil —le dije.” ¿Por qué podemos pensar que este es el punto de quiebre, el desequilibrio dentro de este relato? Utilizá el apunte teórico siguiente para elaborar tu respuesta. 
  7. 12. La mayoría de los relatos de la literatura del siglo XX y XXI se mueven con cierta libertad en relación con la estructura tripartita. Dentro de esas forma de organizar la estructura de la narración, ofrecemos algunas que están presenten en muchos cuento. Luego de leer el apunte,  cuál tipología se adecua al cuento Sucker.                                                                                                                            13. ¿Por qué crees que el cuento comienza y termina en el “territorio” de la pieza? ¿Qué valor real y simbólico tiene este cuarto?
    14. En los cuentos de aprendizaje se atraviesa una experiencia de la cual se sale transformado ¿Qué transformaciones podés observar en Sucker y Pete?
    15. A partir del siguiente artículo publicado en El país de España qué relación podes establecer entre el cuento y las características de la autora puestas de relieve el el artículo.

Ejercicio de escritura: el personaje de Sucker llega a nosotros a través de lo que nos cuenta el narrador, un narrado implicado con el personaje que muestra su mirada, su recorte sobre los hechos y las personas. A la manera del narrador, en primera persona escribí un breve texto que cuente el punto de vista de Sucker a través de su propia voz. Para concentrar la mirada, elegí algún momento de la historia para hacer foco en un aspecto de todos los contados en la historia. 
LO TEÓRICO

Tiempo de la historia ( los hechos)  y el tiempo del relato ( la forma que se cuentan esos hechos): el relato cronológico acronológico:


La alteración en el orden del relato: el narrador elige armar su discurso adelantando acontecimientos que en la historia ocurrieron después o interrumpiendo el fluir de los hechos con la evocación de otros que sucedieron antes del punto en que se encuentra. Las dos distorsiones de orden son la analepsis y la prolepsis. El tiempo del relato que es interrumpido por las anticipaciones (prolepsis) o por retrospecciones (analepsis) se denomina tiempo base.

Analepsis: es un segundo relato insertado en el relato base que narra hechos anteriores en el tiempo. Puede estar a cargo del narrador o de cualquiera de los personajes.



Prolepsis: es un adelanto en el tiempo, una anticipación de sucesos en relación a los narrados en el tiempo base. Es necesario aclarar que la prolepsis implica un adelanto de sucesos que acontecen efectivamente en la historia. No son prolepsis las premoniciones, ni las amenazas o promesas.

Los ritmos del relato
Necesitamos comparar el lapso temporal al que alude la historia, es decir, el tiempo que estos hechos podrían demorarse en la vida real; y la cantidad de espacio físico, o sea, páginas, renglones, palabras, que el relato les adjudica. Comparamos la duración de unos hechos en el tiempo de la historia y el tiempo del relato.
El resumen, la elipsis, la pausa y la escena son recursos que alteran la velocidad del relato. Estas alteraciones ayudan a construir el ritmo narrativo, haciéndolo más ágil o más lento.

Resumen: La duración del relato es menor a la que los hechos tienen en la historia. Implica una condensación del tiempo y como efecto sentimos la velocidad con la que avanza el relato.

Elipsis: implica la ausencia del relato. Silencia o evita contar acontecimientos que en realidad ocurrieron en la historia, pero que no se narran. En algunos casos se explicitan, como cuando  aparecen fórmulas del tipo : "Después de tres años". Las elipsis implícitas son más comunes en las novelas que por su extensión muchas veces sintetizan o pasan por alto lo que no es significativo. En un cuento, en cambio, la elipsis se utiliza con una marcada intencionalidad estética, como cuando lo elidido representa una revelación o un indicio que debe interpretar el lector. "Si todo se narrase, el mapa sería tan extenso como el territorio".

Pausa: los hechos de la historia están detenidos, hay una ausencia de acontecimientos.  Estas pausas son casi siempre descriptivas, aunque hay otras evaluativas, en las que el narrador interrumpe el relato de las acciones para reflexionar sobre lo que narra.

Escena: el tiempo del relato es casi igual al tiempo de la historia. El término escena se relaciona rápidamente con el texto teatral y con el guión, el diálogo entre los personajes es un buen ejemplo ya que la escena parece desarrollar la historia ante nuestros ojos.

Para responder la pregunta 11 antes leer este apunte:
Llamamos tripartita a la estructura que justamente se divide en tres partes y que subyace a gran parte de los textos narrativos. Los relatos canónicos siguen esta estructura.
Desde pequeños cuando escuchamos las historias que nos cuentan los mayores, empezamos a captar las características del relato. Una de esas características es la forma de comenzar el relato, a la que podemos llamar situación inicial. Allí entramos en contacto con los personajes y con el marco de la historia: el tiempo y el espacio donde se desarrolla. En esta parte del texto encontramos la situación en equilibrio.
Luego se plantea el conflicto, el problema o la dificultad que el sujeto de la acción debe enfrentar. Hay conflictos de distinto tipo: internos, que enfrenta el personaje consigo mismo y externos en cuanto lo enfrentan a algún oponente. Lo importante es que ese conflicto es el que mueve al personaje a la acción y el que motoriza o pone en marcha la historia misma. Sin un buen conflicto la historia pierde fuerza, vigor. Todas esas acciones que llevará a cabo el personaje constituyen el desarrollo.
Finalmente, el relato nos lleva al desenlace o resolución, es decir, el momento en que el conflicto se resuelve y termina el relato. Recordemos que esto no implica un final feliz, el conflicto puede resolverse a favor de los intereses del protagonista o en contra de ellos. Luego de esta resolución, muchas veces se plantea una nueva situación de equilibrio.

Para responder la pregunta 12 antes leer lo siguiente:

Comienzo in media res: el relato comienza en la mitad de la historia, es decir, no tenemos esa típica situación inicial que es tan tranquilizadora porque nos ubica en el contexto en el que los hechos van a desarrollarse, nos presenta a los personajes y a sus características. Este tipo de comienzos plantean otra relación con el lector y otro tipo de lector. Hay información que no se da, o por lo menos no en el principio, habrá que hacer hipótesis y deducciones y soportar la espera, hasta que el narrador nos otorgue la información faltante; o lo que es más difícil aún, tolerar no saber: a veces la información que deseamos no llega nunca.

Final abierto: la variación está en el final. El conflicto no se resuelve. El lector podrá imaginar finales posibles pero ninguno podrá ser ratificado por el texto. Estos finales generan una incertidumbre que no se compensa en la lectura, permanece en el lector.
Conflictos extremadamente débiles o inexistentes: hay textos que se inscriben en el límite del género. Podríamos preguntarnos qué pasa con esos textos que casi no plantean conflicto, ¿siguen siendo relatos? Si son breves y relatan hechos ficcionales, ¿Siguen siendo cuentos? Son relatos que se construyen desde la negación de la estructura más clásica y viven en esa zona límite.
Relatos acronológicos: hay relatos que comienzan con el final de la historia, anticipan cómo va a terminar. Son relatos que no están movilizados por la intriga, no buscan un lector que sostenga su lectura por el deseo de saber qué va a ocurrir. Proponen otro tipo de lectura y de lector. Si sabemos cómo termina una historia desde la primera línea, podemos leerla para saber todo lo demás, cómo llegó el personaje a esa situación, quién es, cuál es su historia, cómo se cuenta una historia en la que se mata la sorpresa en la primera línea.

Carson McCullers: La ternura volátil del desamparo

La obra completa de la escritora, una voz imprescindible del siglo XX norteamericano, será reeditada este año por el centenario de su nacimiento



Dos hombres sordomudos llevan una armónica vida en común hasta que uno de ellos comienza a actuar de manera violenta y se vuelve loco. Ante la mirada asombrada de su comunidad, una mujer fuerte e independiente se enamora de su primo lejano, un jorobado; y éste se aprovecha de su confianza para ayudar al exmarido a volver con ella. Las contradicciones fomentadas por instituciones como el ejército y el matrimonio estimulan una violencia latente entre las relaciones de dos militares y sus esposas. Un juez veterano se atormenta con el deseo sexual reprimido hacia un joven de color. Estas son las tramas principales de algunas de las novelas (El corazón es un cazador solitarioReflejos de un ojo dorado y Reloj sin manecillas) que nos dejó Lula Carson Smith (Georgia, 1917- Nueva York, 1967), conocida popularmente como Carson McCullers, una de las narradoras americanas imprescindibles del siglo XX. Este año se cumplen el centenario de su nacimiento y los cincuenta años de su muerte. Con motivo de la doble efeméride, a lo largo de 2017 su obra completa será reeditada por Seix Barral con nuevos prólogos de Paulina Flores, Cristina Morales, Jesús Carrasco y una traducción, inédita aún en castellano, de un epílogo de Tennesse Williams.
Su universo es una constelación de historias y personajes que encarnaron el imaginario del Sur profundo de Estados Unidos: intenso y contradictorio. Por eso Carson McCullers fue ubicada junto a autores como William Faulkner, Flannery O’Connor, Truman Capote o Tennessee Williams o la pluma epigonal de Cormac McCarthy dentro de lo que se denominó “gótico sureño”. Quienes, a diferencia de la novela gótica europea, no recurrían a una cierta oscuridad propia del género para instaurar el suspense previo al terror sino para explorar de manera refractaria el convulso mundo en que vivían en un contexto de cambio de un modelo agrario a uno industrial. Y de esta forma, también los inestables personajes de las historias de McCullers dan cuenta, a su manera, del espejo roto de la normalidad en el ámbito doméstico de los antiguos Estados Confederados.
A pesar de esta debilidad por explorar el grotesco e iluminar a los considerados freaks y su habilidad para amplificar la anormalidad y, de esta manera, normalizarla, que le atribuyeron comparaciones con la fotógrafa Diane Arbus, como lo indica Rodrigo Fresán en el prólogo de El aliento del cielo (Seix Barral, 2007), la diferencia de McCullers con los demás autores del gótico sureño fue que supo expresar la ruptura de la norma con una candidez inquietante, una ternura que evidenciaba el desamparo vital de sus personajes. Una ternura que en vez de distanciarnos (como en esa violencia totémica que transpiran los personajes de Faulkner o la implacable gracia divina que recae sobre los de O’Connor) nos acercan y hasta nos identifican con ellos. Una diferencia de la que la propia autora era consciente, como se evidencia en esta frase suya, rescatada por la joven promesa de la literatura chilena, Paulina Flores, en el prólogo de La balada del café triste (Seix Barral, 2017): “Yo tengo más que decir que Hemingway, y Dios sabe que lo he dicho mejor que Faulkner”.
Junto a los freaks, los anormales, los deformes, los enfermos mentales y los homosexuales que reprimen su deseo, los personajes que atraviesan por ese periodo de mutación y volatilidad que es la pubertad y la adolescencia habitan de una manera imprevisible y humanamente estremecedora en sus historias. Así lo hace la inolvidable Mick, una tomboy (marimacho), una niña andrógina que es una apasionada de la música y lucha de manera infructuosa contra ese abrumador mundo exterior que amenaza con invadir su fortaleza interior exponiendo una enternecedora intemperie vital en El corazón es un cazador solitario (Seix Barral, 2016). Este arquetipo lo encontramos también en la temperamental Frankie de la nouvelle Frankie y la boda (Seix Barral, 2013). Una adolescente testaruda y ocurrente que quiere evitar la boda de su amado hermano mayor. Así como en Sucker (El aliento del cielo, 2017), el primer cuento que McCullers escribió pero que fuera publicado mucho tiempo después, y cuyo protagonista es el inquietante adolescente bastante ingenuo que cuyo mote da título al relato. Un niño que abandona la ingenuidad de la infancia para ingresar en la desencantada vida adulta con unas conductas que intimidan a su hermano adoptivo. O en Así (El aliento del cielo, 2017), donde una niña asiste en un hilarante monólogo interior a la transformación hormonal de su hermana y se resiste a cambiar “así”. En esta temperamental narradora anónima ya se encuentra un esbozo de Mick y Frankie, sus adolescentes más conocidas.
Junto a estos adolescentes indómitas también se encuentran las protagonistas de los relatos El aliento del cielo y Wunderkind. La del primero es una joven afectada por una enfermedad pulmonar que ansía los cuidados y la atención de su madre, y la del segundo es una joven pianista que intuye como su don musical está comenzando a abandonarla. Ambos son ligeramente autobiográficos, si tenemos en cuenta que McCullers era una pianista frustrada y sufrió desde muy joven los ataques de una afección pulmonar mal diagnosticada. Nacida Lula Carson Smith, adoptó el apellido de su dos veces esposo Reeves McCullers y, al igual que (Mary) Flannery O'Connor, renunció a su nombre de pila, para despistar a los lectores y ocultarse en la androginia de un doble apellido. En su adolescencia renunció de forma intempestiva a dedicarse a una carrera como pianista después de que su amada profesora se mudara de ciudad.
Tras mudarse a Nueva York con la excusa de estudiar piano, comenzó su derrotero como una talentosa niña prodigio de la literatura. Su precoz reconocimiento literario la iguala con autores como Mary Shelley, Arthur Rimbaud o Clarice Lispector, noveles que sorprendieron con la solidez de sus debuts literarios. Asistió a los prestigiosos cursos de escritura creativa en la Universidad de Columbia y la de Nueva York, y con sólo 24 años publicó su primera novela con una recepción asombrosa entre el público y la crítica que aún permanece a pesar del paso del tiempo (El corazón es un cazador solitario, 1940). Al igual que otras escritoras como Dorothy Parker, el anecdotario sobre su agitada vida sentimental inspiraron innumerables biografías y artículos periodísticos: era bisexual y tuvo varios affaires, entre ellos con la escritora Anne Marie Schwarzenbach. Reeves se suicidó, quizás por la depresión que le producía su reprimida homosexualidad y su frustrada carrera literaria, así como la intensa y problemática vida conyugal que compartieron. Una intimidad de excesos que aparece augurado, como si su propia vida hubiera imitado su arte, en uno de sus relatos de juventud, El instante de la hora siguiente (El aliento del cielo, 2017) donde trata el revulsivo crepúsculo de una pareja de alcohólicos.











  • Carpeta completa 
  • Haber trabajado en clasehaciendo en cada una la tarea correspondiente. 
  • Trabajos prácticos entregados en tiempo y forma. 
  • No haber dificultado la tarea del docente (hablando cuando se explicaba algofaltando el respetodistrayendo a sus compañeros, entre otras) 
  • Haber hecho las lecturas solicitadas en tiempo y forma. 
  • Haber realizado las redacciones solicitadas en 
  • tiempo y forma. 
  • Traer los materiales necesarios para estudiar. 
  • Haber hecho firmar por los responsables las notas enviadas por la docente. 
  • No haber usado el celular cuando la docente así lo solicitaba. 
  • Haber entrado y salido del aula en los horarios correspondientes o solicitando 
  • permiso. 
  • No haber jugado a las cartas en hora de clase. 

https://www.youtube.com/watch?v=hjR5g3mbkcw&t=877s

Clase del 14/8/18

Les dejo el link de una versión excelente de El Quijote: 

Clase del 13/8/18

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra

Capítulo I

Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva; porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «... los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto, graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra, o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera, que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque (según se decía él a sí mesmo) no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamardon Quijote; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse: porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él: «Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante»? ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.



Textos para usar desde el 6/8 hasta en fin del trimestre

LADRAN SANCHO


Textos para el 10/7/18
Luego de leer el cuento redacta una anécdota que gire en torno a la pasión futbolera, en caso de que no te guste el fútbol podés escribir una anécdota anti fútbol o tema libre.
22 de junio de 1986
Para junio de 1986 yo llevaba un año y un mes de novio con Gabriela, una morocha de ojos enormes y curvas inquietantes que me tenía absolutamente encandilado. Éramos chicos, eran otros tiempos, y su familia me ponía las cosas un tanto difíciles. En sus conversaciones, en sus permisos y sus prohibiciones, yo no conseguía traspasar la categoría de “amiguito”. Solo Gabriela –Gaby, como la llamaba todo el mundo- aludía a su “novio”. Ni su padre, ni su madre, ni su hermano mayor, utilizaban semejante calificativo para mencionarme. En realidad, supongo que me mencionaban lo menos posible. Y cuando lo hacían, era para unir mi nombre al de alguna prohibición. No, no podés salir el sábado a la noche con Eduardo. No, no queremos que Eduardo te visite en las vacaciones en Villa Gesell. No, no nos parece bien que vayas a la casa de Eduardo. No, no nos importa que en su casa estén su madre y su hermana. No, no estamos de acuerdo en que te pases media hora hablando por teléfono con tu amiguito Eduardo. Cosas así. 

Como mi novia estaba más buena que el flan con dulce de leche me armé de paciencia, y me acostumbré a volverme transparente. Con puntualidad de tren alemán me habitué a despedirla en el zaguán de su casa un minuto antes de las nueve de la noche, con disciplina de monje budista me acostumbré a cortar el teléfono a los diez minutos de conversación, y con ardides de agente secreto me las ingenié para verla a hurtadillas durante sus dichosas vacaciones en Villa Gesell.

Y así fue pasando el tiempo. Hasta que de repente, sin prólogos que me hicieran intuir un cambio semejante, y cuando ya llevábamos un año cumplido en esas lides, fui oficialmente invitado a comer en casa de mi novia, un domingo a mediodía. A comer un asado, más precisamente. Ella me lo contó desbordante de alegría. Nuestro amor, al parecer, había derribado los altos muros de la desconfianza de sus progenitores. “¿Justo el domingo que viene?”, pregunté yo. “¡Este domingo!” confirmó mi novia, en el colmo de la dicha. A veces la vida es así: nos pone a prueba, nos otorga algo que hemos deseado, pero en condiciones que convierten en una desgracia lo que debería ser un regalo del Cielo. 
Porque el domingo siguiente no era cualquier domingo. Era el domingo más difícil, más importante, más complicado y más desesperante de mi vida. El domingo siguiente era 22 de junio de 1986. Jugaba Argentina. Jugaba un partido del campeonato mundial de México. Jugaba por cuartos de final. Jugaba contra Inglaterra.

“¿Pasa algo malo?”, me preguntó mi novia. Abrí grandes los ojos y murmuré que no, aclarando que justo el domingo, a las tres de la tarde, Argentina jugaba contra Inglaterra. Mi novia, en el mejor de los mundos, se alegró con la noticia. “¡Mejor –aseguró- así vemos todos juntos el partido después del asado!”.

¿Cómo explicarle la verdad? Hay cosas que se saben, o que no se saben, pero que no se explican. Hay partidos que se miran con tranquilidad, partidos que se miran con preocupación, partidos que se viven con desesperación, y partidos que se sufren al borde del abismo. Y, por supuesto, ese partido contra Inglaterra pertenecía al último grupo. Y eso es algo que solo los futboleros pueden entender. Durante los mundiales, sobre todo durante ese mundial de México, los argentinos no futboleros se asomaron al fútbol con interés, con entusiasmo, maravillados por lo que hacían Maradona y la selección de Bilardo. Triunfo ante los coreanos, empate con autoridad frente a la Italia campeona, victoria cómoda ante Bulgaria, victoria sufrida pero merecida frente a Uruguay por octavos… La gente que no es del fútbol supone que después de una victoria lo más probable es que haya otra victoria. Los futboleros, en cambio, sabemos cuánto dolor nos aguarda siempre en el futuro. Y si no es dolor, por lo menos, cuánta incertidumbre. Que los partidos no se ganan por currículum. Que hay seis millones de cosas que pueden salir mal en un partido. Que el fútbol es cualquier cosa menos justo. Que mil veces hemos merecido ganar y no ganamos. 

De manera que los futboleros llegábamos a ese partido contra Inglaterra con la sensación inhóspita de que hubiésemos preferido cualquier otro rival para el partido de cuartos. Claro que el incentivo de ganarles y dejarlos afuera era interesantísimo. Pero al mismo tiempo, el terror de que fueran los ingleses los que nos dejaran afuera nos ponía al borde del pánico. Por supuesto que ganar ese partido, o ganar el mundial, no iba a arreglar el dolor enorme de Malvinas, y todos esos chicos muertos. Pero perder ese partido, perderlo con ellos, volvería todo más cruel, más amargo, más injusto. A mí nunca me ha gustado mezclar la política y la nación con el deporte, pero en ese caso, en ese año, después de todo lo que habíamos sufrido, yo sentía que el domingo 22 era una frontera definitiva. 

Y la buena de mi novia me invitaba a ver el partido más importante de mi vida en presencia de su familia en pleno. Yo no sé ustedes, pero yo veo los partidos importantes como si estuviera en la cancha. Grito, salto, comento, puteo, reclamo, gambeteo, sudo, relato, gesticulo, despejo los balones sueltos en el área propia, estiro la pierna para llegar con lo justo a las pelotas indecisas de la mitad de la cancha. En otras palabras: doy un espectáculo bochornoso para cualquiera que no entienda de este juego. Cualquiera que me observe sin entender de qué se trata, deberá concluir que soy un loco o un infradotado, o un loco infradotado. De manera que ver ese partido, EL partido del mundial, como figurita de estreno en la casa de mi novia me ponía en riesgo de convertir mi debut en despedida. Quedaba una chance a favor: que mi proyecto de suegro, y mi proyecto de cuñado fuesen futboleros a muerte, esos tipos que comparten tus códigos y que saben de qué se trata. Si ese era el caso, santa solución. Los tipos iban a estar tan carcomidos por los nervios como yo, y apenas me iban a llevar el apunte. Lástima que no era el caso: el padre y el hermano de mi novia eran tenistas. Tenistas de estos que juegan todas las semanas. Tenistas de club, de zapatillas blancas, de bolsos grandes, tenistas de nos tomamos una cerveza después del partido. Aclaro que, por mi parte, no tengo ningún problema con los tenistas. El problema era tener que ver el partido más difícil de mi vida como hincha, al lado de dos tipos que veían fútbol nada más que en los mundiales.

Traté de explicarle a mi novia que no podía aceptar su invitación. Que iba a dar un espectáculo vergonzoso, que si hasta ahora en su casa me miraban con recelo, de ahora en más lo harían con repugnancia. Ella me miró con ojos acuosos, me habló de la alegría que había sentido con la invitación, de sus esperanzas de que de ahora en adelante podríamos salir los sábados a la noche sin la oposición de sus padres… 

La carne es débil. Sobre todo la mía. La sola posibilidad de salir con ella de noche, y sobre todo de pasear en el auto, y sobre todo despedirla en el zaguán de su casa sin la delatora luz diurna arruinando cualquier aproximación que uno intentase, pudo más que mis justificadas prevenciones. 
Ese día me tomé el tren en Castelar poco después de las doce. Iba de pie, cerca de una de las puertas, apoyado en uno de los parapetos. Era un domingo gris, frío, típico de junio. En el parante de enfrente viajaba un tipo. En un momento nuestros ojos se cruzaron. No nos conocíamos. Nunca nos habíamos visto. Jamás volvimos a vernos. Pero en ese momento los dos hicimos el mismo gesto con las cejas y los ojos. Gesto de “Mama mía, qué partido nos espera”. Después volvimos a mirar el suelo o el paisaje más allá de las ventanillas. Cuando bajé en Ramos Mejía volvimos a mirarnos. Ahora el gesto significó “Ojalá. Ojalá que se nos dé”. Y eso fue todo.

Cuando llegué a lo de mi novia puse cara de muchacho bueno, atendí a las presentaciones, elogié los preparativos del asado: lo que se espera de todo novio recién presentado y bien nacido. Cuando nos sentamos a comer tuve un instante de incredulidad. Esa gente comía el asado como si no fuera a existir un mañana. Con la angustia que yo cargaba, no me entraba una arveja de canto. Pero el resto de los comensales les daba a las achuras, al vacío, a la tira, al vino y a la ensalada como si la vida fuese coser y cantar. “¿No comés, Eduardo? ¿No tenés hambre? Gaby nos dijo que el asado te gustaba mucho!”. Yo dije que sí, que no, que sí me gustaba, pero que me sentía ligeramente mareado, enfermo, indispuesto, indigestado, no sé, o todo junto. Y lo dije con sonrisa de estampa, como si también para mí la vida fuese nada más que ese mediodía gris, el postre y la sobremesa. Cada cinco minutos miraba la hora y calculaba: deben haber llegado al estadio Azteca; deben estar reconociendo el campo de juego; deben estar en la charla técnica.

Cuando se hizo la hora pregunté si podía poner la radio para escuchar el relato de Víctor Hugo. Me miraron como si fuese un visitante de Venus. “Mirá que por la tele lo relatan”, me explicaron los tenistas, con amplio espíritu pedagógico. ¿Qué responderles? Yo tenía mis razones para pedirlo. Uno: los relatores de radio me parecían mucho mejores que los de la tele. Dos: venía escuchando a Víctor Hugo desde el debut contra los coreanos, y no pensaba cambiar la cábala aunque explotase el mundo. Finalmente accedieron, tal vez por no llevarle la contra al loco recién llegado.

Les ruego, señores lectores, que se tomen un instante para evaluar mi situación. Muchos de ustedes habrán tenido la necesidad, alguna vez, de dar la imagen de un joven educado, centrado, simpático, cortés, amable, conversador y tranquilo. Ahora supongan que les hubiese tocado fingirse así durante el partido en que Argentina se jugaba, contra los ingleses, la chance de pasar a semifinales del Mundial de México. ¿Adquieren ustedes la dimensión de mi martirio?

El primer gol de Diego no lo grité. Ya dije que tenía puesta la radio con el relato de Víctor Hugo, que vio la mano de Dios como casi nadie, y lo dijo de inmediato. Por eso, mientras a mi alrededor todos gritaban y saltaban y festejaban, yo me limité a mirarlo a Maradona deseando que lo enfocaran al línea, o al árbitro, o a los dos, para asegurarme de que sí, de que lo habían cobrado. Cuando me convencí de que sí lo convalidaban, solté un par de gritos, pero no los alaridos desaforados que habría proferido en directo. Fueron un par de gritos civilizados, contenidos, gentiles, mesurados.

Pero lo que vino después se me fue absolutamente de las manos. Cuando cuatro minutos más tarde Maradona recibió de Héctor Enrique un pase intrascendente, seis metros detrás del mediocampo, y encaró hacia el mejor gol de la historia, no pude menos que ponerme de pie, como hace uno cuando está en la cancha y siente que algo está por pasar. Sé que me mantuve en silencio los siguientes segundos, mientras Diego avanzaba por izquierda gambeteando ingleses. Sé que dejé de respirar cuando se tomó un instante para quedar de vuelta de zurdo, después del último enganche al dejar pagando a Shilton. Y después no sé más nada. 

Mejor dicho, cuando recupero la consciencia, estoy colgado de los barrotes de una ventana, a un metro del suelo, con los pies sobre el alfeizar, gritando como un enajenado, insultando a los ingleses y a la madre que los parió, deshaciéndome la garganta, descoyuntándome la mandíbula, desintegrándome las cuerdas vocales, que es el único modo de gritar un gol como ese. 

O me bajó la presión, o me quedé sin aire, o simplemente la vida volvió a ponerse en movimiento. Lo cierto es que terminé por darme cuenta del sitio en el que estaba. Aun sin darme vuelta sabía que, detrás, debían estar mi hipotético suegro, mi hipotética suegra y mi hipotético cuñado, preguntándose qué clase de salvaje pretendía convertirse en el novio oficial de su hija menor. Junté valor, solté los barrotes y me dejé caer al piso. Me levanté dispuesto a que me indicaran en qué dirección estaba la puerta. 

Y sin embargo, nadie me estaba mirando. Todos, empezando por los tenistas, seguían con los ojos clavados en el televisor, mientras repetían una vez y otra vez ese gol imposible. Me acerqué al grupo, sacudiéndome el polvo de las rodillas y carraspeando para recuperar aunque fuera un hilo de voz. “¿Qué golazo, no?”. Comentaron. Dije que sí. Como quien no quiere la cosa, limpié como pude las marcas de mis zapatos en la ventana. Nadie mencionó –nadie había visto- mis acrobacias ni mis gritos ni mis insultos. Volví a mi sitio y seguí viendo el partido. Eso sí, después del gol de Lineker preferí salir a la vereda, porque sentía que si los ingleses empataban, después del baile que se habían comido, yo iba a romper el televisor contra la pared que estuviese más a mano, y ya no me salvaba nadie. 

Me senté en la vereda de Avenida de Mayo y Coronel Díaz, mientras le prometía a Dios ser bueno desde entonces y para siempre, con tal de que Inglaterra no nos empatase ese partido de leyenda. Detuve mis rezos recién cuando escuché los primeros bocinazos.

Yo le debo al Diego muchas cosas. La principal son esos goles a Inglaterra. Primero, por lo que esos goles fueron y seguirán siendo para los argentinos. Y segundo, porque sirvieron para dejar pasmados a los tenistas. De lo contrario, en una de esas, la familia de Gaby me repudiaba. Y yo no me casaba con ella, y no tenía los hijos que tengo. Menos mal que, gracias a Maradona, nadie me vio, a los gritos, trepado en la ventana.


Por Eduardo Sacheri

Tarea del 19/6/2018

PA-RA-DA Película italiana 2008 Dierctor: Marco Pontecorvo 
"Medís tu acrobacia y saltás Tu secreto es: la suerte del principiante no puede fallar".. 
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, “Un ángel para tu soledad 
La película está basada en hechos realesTranscurre en Bucarest pero podría haberse filmado casi en cualquier parte del mundo. PA-RA-DA es una compañía de circo callejero formada por niños de la calle. Un emprendimiento lúdico que intenta sacar a los chicos de la calle, tierra de nadie. La película se inaugura con una pregunta: “¿Tienes miedo?”. El niño comprende y no comprende lo que le está preguntando Miloud. Son demasiado jóvenes para tomarse en serio el mundo que los rodea. Parte del juego consiste en no entender. Juegan a no entender. Aunque saben perfectamente de qué se trata la calle, no tienen las herramientas para comprenderla. Como todos los niños, se sienten todopoderosos y se llevan el mundo por delante, o eso les gustaría. Pero a estos niños el mundo los pasó por arriba. Son niños viejos que crecieron de golpe, a fuerza de golpes. Golpes que provienen de todos lados. Los niños están ahí, caminando entre la multitud. Aguardando en los andenes, esperando a los turistas. Nadie los ve o nadie elige verlos. Son como fantasmas. Están y no están ahí. El esfuerzo por cerrar los ojos tiene un nombre: indiferencia. La indiferencia es la incapacidad de ponerse en el lugar del otro. Cuando las personas no pueden ponerse en el lugar del otro, no sólo ya no quieren pensarlo sino tampoco pueden sentirlo. La indolencia es uno de los rasgos de la vida en la gran ciudad. Esto era algo que había advertido hace casi un siglo el sociólogo alemán Georg Simmel. La gran ciudad va embotando los sentidos hasta anestesiarlos por completo. La indiferencia se ha transformado en la gimnasia cotidiana de una sociedad alienada, entrenada para no ver. Una sociabilidad organizada a través de la indiferencia.

Todos los días, apenas ponemos un pie en la calle, sorteamos montones de “cosas”, entre ellos a los vagabundos y los niños de la calle. Nos sentimos el centro del mundo pero negamos al resto que nos rodea, sobre todo si no comparte nuestros estilos de vida, tiene otras pautas de consumo, otros modales, usa otras palabras, otros gestos. La indiferencia es la manera que elegimos para estar en la ciudad. Todo el mundo sigue y nadie se detiene. El prójimo está lejano. Hasta que aparece un payaso a dirigir el tránsito de los trashumantes y emular la indiferencia que portan. ¡Hasta al payaso eligen no ver! Pero al payaso no le importa. Tiene otros planes para su actuación: ganarse la atención de los niños. Los adultos se hacen los distraídos, no se detienen. En la imitación que el payaso hace de sus poses, reconocen su vida alienada. No tienen ganas ni tiempo para demorarse y devolver siquiera una sonrisa de cortesía. Se sienten expuestos, molestos y lo miran con bronca. Sólo los niños, que saben guardar la ingenuidad, se detendrán en el payaso. Esos niños tienen todo el tiempo del mundo. Sus vidas están hechas de ocio. Los niños pendulan entre el ocio forzado y la mendicidad; el ocio forzado y la ayuda social; el ocio forzado y alguna que otra fechoría muy menor. Las travesuras son las maneras de activar la grupalidad y llenar el tiempo muerto con el que se miden todos los días. El payaso se propone robarles algunas sonrisas y llenar el tiempo con diversión. A lo mejor tiene suerte y logra entusiasmarlos para pensar entre todos otro rumbo para sus derroteros.

Para reflexionar de a dos 
1. ¿Qué situaciones de “indiferencia” reconocen en su vida cotidiana? ¿Ustedes son víctimas de esa indiferencia? ¿Qué otros grupos, además del que muestra la película, consideran que son víctimas de la indiferencia social? ¿Qué piensan ustedes sobre la dificultad de ponerse en el lugar del otro y “no mirar” o hacerse los distraídos? 
 2. En la escuela, ¿existen situaciones en las que sienten ignorados? ¿Cuáles son? ¿Qué hacen en esas situaciones? 
 3. Según el diccionarioburocracia es un conjunto de actividades y trámites que hay que seguir para resolver un asunto de carácter administrativo; la burocracia hace posible el funcionamiento de la administración del Estado. Investiguen sobre esta palabra. Busquen otras acepciones para poder relacionarlas con lo que ocurre en la película. ¿Cuáles son las “burocracias” que pueden identificar en la película? ¿Cuáles son las diferencias entre ellas? ¿Qué papel desempeñan en relación a la niñez? 
 4.  La historia que cuenta la película es la historia de niños solos, vulneradosen bandaPensando en las 
dificultades que muestra la película, ¿hay algo de lo que ustedes hacen (o podrían hacer) que pueda contribuir a cambiar las situaciones que se muestran? ¿Qué otras cosas creen ustedes que deberían cambiar? 


Link directo al canal EDUCATINA, USALO!

https://www.youtube.com/user/educatina

La novela picaresca

El Lazarillo de Tormes

http://www.iesseneca.net/iesseneca/IMG/pdf/lazarillo_de_tormes_adaptacion.pdf


EL TEXTO EXPOSITIVO

http://campus.belgrano.ort.edu.ar/lengua/articulo/716545/el-texto-expositivo-explicativo


EL MATADERO

http://ciudadseva.com/texto/el-matadero/

https://www.youtube.com/watch?v=7XgmkESINdk  VIDEO

EDIPO REY

https://www.getafe.es/wp-content/uploads/S%C3%B3focles-Edipo-Rey.pdf

https://www.youtube.com/watch?v=rDRIBi6uKvc VIDEO

MIO CID

https://www.cjpb.org.uy/wp-content/uploads/repositorio/serviciosAlAfiliado/librosDigitales/Cantar-Mio-Cid.pdf

https://www.youtube.com/watch?v=6IlRA2vrXzI  VIDEO

Video reportaje para texto expisitivo
https://youtu.be/AbetnLmaJ-E

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