TEXTOS PARA 5to 2da TT EES N° 46
Clase del 17/8/18
El machismo en el tango
Escuchar atentamente las canciones y leer el texto anexo
La toalla mojada
1 Realizar un glosario de las palabras que explica Edmundo Rivero.
2 ¿Cómo reaccionaría hoy la opinión pública ante letras como estas?
3 ¿Conocés canciones actuales que sean machistas?
Amablemente
El machismo y el tango
Manuel Adet
Se me ocurre que es innecesario desconocer la marca del machismo en el tango. Es más, los tangueros no lo niegan y no son pocas las letras donde, además, se jactan de ello. Sin embargo, hay matices y en algunos casos testimonios sorprendentes que plantean otras perspectivas, otra mirada respecto de la relación entre el hombre y la mujer y, muy en particular, la mirada del hombre respecto de ellas.
Es verdad que el tango es cosa de hombres, como se dijo alguna vez. Hay una reivindicación de la hombría, de la ceremonia de la amistad entre hombres y desde ese lugar resulta previsible el deslizamiento hacia la misoginia, el machismo y una de sus variantes más lastimosas: el resentimiento contra las mujeres. Sobre ese tema nadie debería sorprenderse demasiado: los grandes poemas del tango pertenecen en su mayoría a la primera mitad del siglo veinte y el machismo entonces no era un patrimonio exclusivo del tango, estaba incorporado a la sociedad y atravesaba a todas las clases sociales.
Importa ahora destacar algún puñado de poemas que permiten registrar otro punto de vista, más matizado, más justo, más humano con relación a las mujeres. Los tangos a los que me voy a referir no son marginales, flores exóticas en el paisaje del dos por cuatro. Por el contrario, todos han sido muy populares, interpretados por las grandes orquestas y los mejores cantores.
“Que me importa tu pasado” es un poema escrito por Roberto Giménez con música de Manuel Sucher. El título mismo es un alegato en contra de uno de los mitos machistas más nocivos; la exigencia de la mujer virgen y la condena rápida, impiadosa y concluyente a la que “pecó”. Hay una estrofa elocuente presente en el estribillo: “Qué me importa tu pasado, no llorés mi buena amiga, no es un crimen ser golpeado ni es delito haber rodado en las vueltas de la vida. Qué me importa tu pasado, si yo que nunca aflojé, si te ofende algún cobarde te lo juro por mi madre me planto donde me ves”. Las versiones de Ángel Cárdenas con Aníbal Troilo y Julio Sosa con Armando Pontier, son excelentes.
“No me hablen de ella” es un tango cuya letra y música pertenecen a Jorge Moreira. La primera estrofa es toda una declaración de principios: “No gasten palabras, ni pierdan el tiempo, hablándome de ella porque ella es mi amor. Que importa si viene de un triste pasado, yo también regreso de un mundo de horror. Soy hombre y me pongo en juez y culpable, mil bocas mintieron porque yo mentí, no puedo juzgarla porque yo he rodado y sé lo que cuesta con honra vivir”. Rodolfo Lesica con Héctor Varela y Jorge Maciel con Osvaldo Pugliese, han grabado versiones de muy buena calidad.
“La última” es un tango de Julio Camilloni y Antonio Blanco. “Ya no puedo equivocarme, sos la última en mi vida” dice en sus primeros versos un hombre que sabe que al final del camino ése es un lujo que no puede permitirse. Después agrega: “Sos la última moneda que me queda por jugar, si no gano tu cariño la daré por bien perdida, ya que nunca más la vida me permitirá ganar”.
No hay margen para el machismo y las compadradas. Mucho menos para despreciar a la mujer por prejuicios tontos y desalmados. “Sos la última y espero, que me traigas la ternura, ésa que he buscado en tantas y que no pude encontrar, yo no quiero pasionismos ni amoríos ni aventuras, yo te quiero compañera para ayudarme a luchar”. Ni sirviente ni objeto amoroso; compañera, de igual a igual.
Si alguna duda queda, la siguiente estrofa la despeja en toda la línea: “No me importa tu pasado, ni soy quién para juzgarte, ya que anduve a los sopapos con la vida yo también. Además hay un motivo para quererte y cuidarte, se adivina con mirarte que no te han querido bien”. La militante feminista más enconada no vacilaría en aprobarlo a libro cerrado. Aconsejo la versión de Ángel Cárdenas con Aníbal Troilo, pero la de Jorge Durán con Armando Pontier merece la atención del tanguero más exigente.
“Mala suerte” es un tango de 1939 escrito por Francisco Gorrindo con música de Francisco Lomuto. Lo novedoso de este poema es que el hombre parece reunir todos los atributos del machista clásico: calavera, milonguero, farrista, y podemos permitirnos la licencia de agregarle unos cuantos atributos más. Sin embargo, su relación con la mujer que termina de dejarlo no es machista y mucho menos resentida. “Se acabó nuestro cariño me dijiste fríamente, yo pensé pa mis adentros puede que tengas razón, lo pensé y te dejé sola, sola y dueña de tu vida, mientras yo con mi conciencia me jugaba el corazón”. ¿Machista? No lo creo. Y no lo creo porque él está dispuesto a pagar el precio por su elección de vida. La última estrofa disipa cualquier duda al respecto: “He tenido mala suerte, pero hablando francamente, yo te quedo agradecido has sido novia y mujer; si la vida ha de apurarme con rigores algún día, ya podés estar segura que de vos me acordaré”.
Está claro que el muchacho protagonista de este tango no es lo que se dice el mejor yerno del mundo, pero su relación con las mujeres no es la de un energúmeno. Julio Sosa con Francisco Rotundo, logra en 1959 la versión más divulgada y, a mi criterio, la más lograda. Pero a este tango también se le animaron en el pasado Jorge Omar con Francisco Lomuto y unos años después Ernesto Fama con Francisco Canaro.
Para concluir, me referiré a lo que muchos calificaron como un poema existencialista, un poema que Jean Paúl Sartre hubiera ponderado sin sacarse la pipa de la boca. Se trata de “Infamia”, con letra y música de Enrique Santos Discépolo, como no podía ser de otra manera. Edmundo Rivero con Atilio Stamponi y Floreal Ruiz con Francisco Rotundo, son los grandes intérpretes de este poema terrible.
“Infamia” no pretende ser un alegato a favor de la mujer, pero la sensibilidad, el dolor y la compasión que expresa está en las antípodas del machismo en sus versiones clásicas.
“La gente que es brutal cuando se ensaña, la gente que es feroz cuando hace un mal, buscó para hacer títeres en su guiñol la imagen de tu amor y mi esperanza”. También en este caso al hombre le importa la condición humana de la mujer, no su pasado supuestamente pecaminoso. No es un detalle. El primer síntoma de un machista se expresa en estos celos retrospectivos del hombre que con inspirada retórica supo plantear Alfonsina Storni: “Tu me quieres blanca, tu me quieres pura.”
Después dice: “A mí qué me importaba tu pasado, si tu alma entraba pura a un porvenir, dichoso abrí los brazos a tu afán y con mi amor, salimos de payasos a vivir”. El final es conmovedor: “Tu angustia comprendió que era imposible, luchar contra la gente es infernal, por eso me dejaste sin decirlo, ¡amor! y fuiste a hundirte al fin en tu destino. Tu vida desde entonces fue un suicidio, vorágine de horrores y de alcohol, anoche te mataste ya del todo y mi emoción, te llora en tu descanso.¡corazón!” ¿Qué tal? Sólo Discépolo es capaz de escribir semejante testimonio sobre el dolor, el fracaso y la muerte. Justamente él, cuya relación con Tania fue muchas cosas, menos la de un machista.
Textos para el 29/6/18
22 de junio de 1986
Para junio de 1986 yo llevaba un año y un mes de novio con Gabriela, una morocha de ojos enormes y curvas inquietantes que me tenía absolutamente encandilado. Éramos chicos, eran otros tiempos, y su familia me ponía las cosas un tanto difíciles. En sus conversaciones, en sus permisos y sus prohibiciones, yo no conseguía traspasar la categoría de “amiguito”. Solo Gabriela –Gaby, como la llamaba todo el mundo- aludía a su “novio”. Ni su padre, ni su madre, ni su hermano mayor, utilizaban semejante calificativo para mencionarme. En realidad, supongo que me mencionaban lo menos posible. Y cuando lo hacían, era para unir mi nombre al de alguna prohibición. No, no podés salir el sábado a la noche con Eduardo. No, no queremos que Eduardo te visite en las vacaciones en Villa Gesell. No, no nos parece bien que vayas a la casa de Eduardo. No, no nos importa que en su casa estén su madre y su hermana. No, no estamos de acuerdo en que te pases media hora hablando por teléfono con tu amiguito Eduardo. Cosas así.
Como mi novia estaba más buena que el flan con dulce de leche me armé de paciencia, y me acostumbré a volverme transparente. Con puntualidad de tren alemán me habitué a despedirla en el zaguán de su casa un minuto antes de las nueve de la noche, con disciplina de monje budista me acostumbré a cortar el teléfono a los diez minutos de conversación, y con ardides de agente secreto me las ingenié para verla a hurtadillas durante sus dichosas vacaciones en Villa Gesell.
Y así fue pasando el tiempo. Hasta que de repente, sin prólogos que me hicieran intuir un cambio semejante, y cuando ya llevábamos un año cumplido en esas lides, fui oficialmente invitado a comer en casa de mi novia, un domingo a mediodía. A comer un asado, más precisamente. Ella me lo contó desbordante de alegría. Nuestro amor, al parecer, había derribado los altos muros de la desconfianza de sus progenitores. “¿Justo el domingo que viene?”, pregunté yo. “¡Este domingo!” confirmó mi novia, en el colmo de la dicha. A veces la vida es así: nos pone a prueba, nos otorga algo que hemos deseado, pero en condiciones que convierten en una desgracia lo que debería ser un regalo del Cielo.
Porque el domingo siguiente no era cualquier domingo. Era el domingo más difícil, más importante, más complicado y más desesperante de mi vida. El domingo siguiente era 22 de junio de 1986. Jugaba Argentina. Jugaba un partido del campeonato mundial de México. Jugaba por cuartos de final. Jugaba contra Inglaterra.
“¿Pasa algo malo?”, me preguntó mi novia. Abrí grandes los ojos y murmuré que no, aclarando que justo el domingo, a las tres de la tarde, Argentina jugaba contra Inglaterra. Mi novia, en el mejor de los mundos, se alegró con la noticia. “¡Mejor –aseguró- así vemos todos juntos el partido después del asado!”.
¿Cómo explicarle la verdad? Hay cosas que se saben, o que no se saben, pero que no se explican. Hay partidos que se miran con tranquilidad, partidos que se miran con preocupación, partidos que se viven con desesperación, y partidos que se sufren al borde del abismo. Y, por supuesto, ese partido contra Inglaterra pertenecía al último grupo. Y eso es algo que solo los futboleros pueden entender. Durante los mundiales, sobre todo durante ese mundial de México, los argentinos no futboleros se asomaron al fútbol con interés, con entusiasmo, maravillados por lo que hacían Maradona y la selección de Bilardo. Triunfo ante los coreanos, empate con autoridad frente a la Italia campeona, victoria cómoda ante Bulgaria, victoria sufrida pero merecida frente a Uruguay por octavos… La gente que no es del fútbol supone que después de una victoria lo más probable es que haya otra victoria. Los futboleros, en cambio, sabemos cuánto dolor nos aguarda siempre en el futuro. Y si no es dolor, por lo menos, cuánta incertidumbre. Que los partidos no se ganan por currículum. Que hay seis millones de cosas que pueden salir mal en un partido. Que el fútbol es cualquier cosa menos justo. Que mil veces hemos merecido ganar y no ganamos.
De manera que los futboleros llegábamos a ese partido contra Inglaterra con la sensación inhóspita de que hubiésemos preferido cualquier otro rival para el partido de cuartos. Claro que el incentivo de ganarles y dejarlos afuera era interesantísimo. Pero al mismo tiempo, el terror de que fueran los ingleses los que nos dejaran afuera nos ponía al borde del pánico. Por supuesto que ganar ese partido, o ganar el mundial, no iba a arreglar el dolor enorme de Malvinas, y todos esos chicos muertos. Pero perder ese partido, perderlo con ellos, volvería todo más cruel, más amargo, más injusto. A mí nunca me ha gustado mezclar la política y la nación con el deporte, pero en ese caso, en ese año, después de todo lo que habíamos sufrido, yo sentía que el domingo 22 era una frontera definitiva.
Y la buena de mi novia me invitaba a ver el partido más importante de mi vida en presencia de su familia en pleno. Yo no sé ustedes, pero yo veo los partidos importantes como si estuviera en la cancha. Grito, salto, comento, puteo, reclamo, gambeteo, sudo, relato, gesticulo, despejo los balones sueltos en el área propia, estiro la pierna para llegar con lo justo a las pelotas indecisas de la mitad de la cancha. En otras palabras: doy un espectáculo bochornoso para cualquiera que no entienda de este juego. Cualquiera que me observe sin entender de qué se trata, deberá concluir que soy un loco o un infradotado, o un loco infradotado. De manera que ver ese partido, EL partido del mundial, como figurita de estreno en la casa de mi novia me ponía en riesgo de convertir mi debut en despedida. Quedaba una chance a favor: que mi proyecto de suegro, y mi proyecto de cuñado fuesen futboleros a muerte, esos tipos que comparten tus códigos y que saben de qué se trata. Si ese era el caso, santa solución. Los tipos iban a estar tan carcomidos por los nervios como yo, y apenas me iban a llevar el apunte. Lástima que no era el caso: el padre y el hermano de mi novia eran tenistas. Tenistas de estos que juegan todas las semanas. Tenistas de club, de zapatillas blancas, de bolsos grandes, tenistas de nos tomamos una cerveza después del partido. Aclaro que, por mi parte, no tengo ningún problema con los tenistas. El problema era tener que ver el partido más difícil de mi vida como hincha, al lado de dos tipos que veían fútbol nada más que en los mundiales.
Traté de explicarle a mi novia que no podía aceptar su invitación. Que iba a dar un espectáculo vergonzoso, que si hasta ahora en su casa me miraban con recelo, de ahora en más lo harían con repugnancia. Ella me miró con ojos acuosos, me habló de la alegría que había sentido con la invitación, de sus esperanzas de que de ahora en adelante podríamos salir los sábados a la noche sin la oposición de sus padres…
La carne es débil. Sobre todo la mía. La sola posibilidad de salir con ella de noche, y sobre todo de pasear en el auto, y sobre todo despedirla en el zaguán de su casa sin la delatora luz diurna arruinando cualquier aproximación que uno intentase, pudo más que mis justificadas prevenciones.
Ese día me tomé el tren en Castelar poco después de las doce. Iba de pie, cerca de una de las puertas, apoyado en uno de los parapetos. Era un domingo gris, frío, típico de junio. En el parante de enfrente viajaba un tipo. En un momento nuestros ojos se cruzaron. No nos conocíamos. Nunca nos habíamos visto. Jamás volvimos a vernos. Pero en ese momento los dos hicimos el mismo gesto con las cejas y los ojos. Gesto de “Mama mía, qué partido nos espera”. Después volvimos a mirar el suelo o el paisaje más allá de las ventanillas. Cuando bajé en Ramos Mejía volvimos a mirarnos. Ahora el gesto significó “Ojalá. Ojalá que se nos dé”. Y eso fue todo.
Cuando llegué a lo de mi novia puse cara de muchacho bueno, atendí a las presentaciones, elogié los preparativos del asado: lo que se espera de todo novio recién presentado y bien nacido. Cuando nos sentamos a comer tuve un instante de incredulidad. Esa gente comía el asado como si no fuera a existir un mañana. Con la angustia que yo cargaba, no me entraba una arveja de canto. Pero el resto de los comensales les daba a las achuras, al vacío, a la tira, al vino y a la ensalada como si la vida fuese coser y cantar. “¿No comés, Eduardo? ¿No tenés hambre? Gaby nos dijo que el asado te gustaba mucho!”. Yo dije que sí, que no, que sí me gustaba, pero que me sentía ligeramente mareado, enfermo, indispuesto, indigestado, no sé, o todo junto. Y lo dije con sonrisa de estampa, como si también para mí la vida fuese nada más que ese mediodía gris, el postre y la sobremesa. Cada cinco minutos miraba la hora y calculaba: deben haber llegado al estadio Azteca; deben estar reconociendo el campo de juego; deben estar en la charla técnica.
Cuando se hizo la hora pregunté si podía poner la radio para escuchar el relato de Víctor Hugo. Me miraron como si fuese un visitante de Venus. “Mirá que por la tele lo relatan”, me explicaron los tenistas, con amplio espíritu pedagógico. ¿Qué responderles? Yo tenía mis razones para pedirlo. Uno: los relatores de radio me parecían mucho mejores que los de la tele. Dos: venía escuchando a Víctor Hugo desde el debut contra los coreanos, y no pensaba cambiar la cábala aunque explotase el mundo. Finalmente accedieron, tal vez por no llevarle la contra al loco recién llegado.
Les ruego, señores lectores, que se tomen un instante para evaluar mi situación. Muchos de ustedes habrán tenido la necesidad, alguna vez, de dar la imagen de un joven educado, centrado, simpático, cortés, amable, conversador y tranquilo. Ahora supongan que les hubiese tocado fingirse así durante el partido en que Argentina se jugaba, contra los ingleses, la chance de pasar a semifinales del Mundial de México. ¿Adquieren ustedes la dimensión de mi martirio?
El primer gol de Diego no lo grité. Ya dije que tenía puesta la radio con el relato de Víctor Hugo, que vio la mano de Dios como casi nadie, y lo dijo de inmediato. Por eso, mientras a mi alrededor todos gritaban y saltaban y festejaban, yo me limité a mirarlo a Maradona deseando que lo enfocaran al línea, o al árbitro, o a los dos, para asegurarme de que sí, de que lo habían cobrado. Cuando me convencí de que sí lo convalidaban, solté un par de gritos, pero no los alaridos desaforados que habría proferido en directo. Fueron un par de gritos civilizados, contenidos, gentiles, mesurados.
Pero lo que vino después se me fue absolutamente de las manos. Cuando cuatro minutos más tarde Maradona recibió de Héctor Enrique un pase intrascendente, seis metros detrás del mediocampo, y encaró hacia el mejor gol de la historia, no pude menos que ponerme de pie, como hace uno cuando está en la cancha y siente que algo está por pasar. Sé que me mantuve en silencio los siguientes segundos, mientras Diego avanzaba por izquierda gambeteando ingleses. Sé que dejé de respirar cuando se tomó un instante para quedar de vuelta de zurdo, después del último enganche al dejar pagando a Shilton. Y después no sé más nada.
Mejor dicho, cuando recupero la consciencia, estoy colgado de los barrotes de una ventana, a un metro del suelo, con los pies sobre el alfeizar, gritando como un enajenado, insultando a los ingleses y a la madre que los parió, deshaciéndome la garganta, descoyuntándome la mandíbula, desintegrándome las cuerdas vocales, que es el único modo de gritar un gol como ese.
O me bajó la presión, o me quedé sin aire, o simplemente la vida volvió a ponerse en movimiento. Lo cierto es que terminé por darme cuenta del sitio en el que estaba. Aun sin darme vuelta sabía que, detrás, debían estar mi hipotético suegro, mi hipotética suegra y mi hipotético cuñado, preguntándose qué clase de salvaje pretendía convertirse en el novio oficial de su hija menor. Junté valor, solté los barrotes y me dejé caer al piso. Me levanté dispuesto a que me indicaran en qué dirección estaba la puerta.
Y sin embargo, nadie me estaba mirando. Todos, empezando por los tenistas, seguían con los ojos clavados en el televisor, mientras repetían una vez y otra vez ese gol imposible. Me acerqué al grupo, sacudiéndome el polvo de las rodillas y carraspeando para recuperar aunque fuera un hilo de voz. “¿Qué golazo, no?”. Comentaron. Dije que sí. Como quien no quiere la cosa, limpié como pude las marcas de mis zapatos en la ventana. Nadie mencionó –nadie había visto- mis acrobacias ni mis gritos ni mis insultos. Volví a mi sitio y seguí viendo el partido. Eso sí, después del gol de Lineker preferí salir a la vereda, porque sentía que si los ingleses empataban, después del baile que se habían comido, yo iba a romper el televisor contra la pared que estuviese más a mano, y ya no me salvaba nadie.
Me senté en la vereda de Avenida de Mayo y Coronel Díaz, mientras le prometía a Dios ser bueno desde entonces y para siempre, con tal de que Inglaterra no nos empatase ese partido de leyenda. Detuve mis rezos recién cuando escuché los primeros bocinazos.
Yo le debo al Diego muchas cosas. La principal son esos goles a Inglaterra. Primero, por lo que esos goles fueron y seguirán siendo para los argentinos. Y segundo, porque sirvieron para dejar pasmados a los tenistas. De lo contrario, en una de esas, la familia de Gaby me repudiaba. Y yo no me casaba con ella, y no tenía los hijos que tengo. Menos mal que, gracias a Maradona, nadie me vio, a los gritos, trepado en la ventana.
Por Eduardo Sacheri
El ocho era Moacyr
El que tiró la primera piedra fue Ricardo, apenas después de haberse ido el tipo.
—Che… ¿quién es este coso?
—No sé —contestó el Zorro.— ¿No es amigo tuyo?
— ¿Mío? No. Estás en pedo vos.
—Es amigo del Colifa —aportó el Pitufo—, certero interrumpiendo una conversación que sostenía con una rubia de rulos de la mesa vecina. Tenía eso el Pitu, podía mantener varias conversaciones a la vez, quizás porque no le gustaba verse marginado de ninguna.
En eso llegó el Colifa.
—Che…—le preguntó Ricardo—… el flaco ese que se fue ¿es amigo tuyo?
—¿Qué flaco? —frunció la cara el Colifa mientras se sacaba la campera y la bufanda.
—El flaco… El “Sobrecojines”.
—Ah no… —se rió el Colifa.— Yo no lo conozco.
El hombre, el que se había ido, había tenido la desafortunada ocurrencia días atrás, en una de sus pocas intervenciones en la charla, de decir que manejar el último modelo de Renault era sentirse como “sobre cojines”. Se habían hecho todos los pelotudos pero la cosa quedó registrada.
—¡Yo creí que era amigo tuyo! —se rió el Pitufo.
—Yo no lo vi en la puta vida.—Pero… ¿Lo conocés?—Sí. De acá, ahora.
—Entonces… —insistió Ricardo, casi amenazante.
— ¿Quién lo trajo a la mesa?—Qué sé yo.
Nadie sabía. Pero no era muy extraño. En “El Cairo” era así. De pronto uno se encontraba sentado junto a alguien desconocido que, tal vez por varios días se integraba a la mesa y luego desaparecía tan silenciosa y misteriosamente como había llegado, o reaparecía en alguna mesa lejana, con otra gente asimismo desconocida, y dispensaba un saludo desde allá atrás, al voleo, de cortesía.
—Por ahí alguien se lo dejó olvidado —aventuró el Zorro.
—Eso. ¡Vaya a saber desde hace cuánto tiempo ha estado sentado acá el pobre tipo!
—Yo creía que era amigo tuyo —señaló Ricardo a Belmondo— y ahora resulta que no lo junta nadie.
—¿Mío? ¿Porqué? Ricardo frunció la nariz.
—No sé —dijo— lo veo muy fino ¿no? El Zorro captó la cosa de inmediato.
—Muy delicado. ¿No es cierto?
—¿Puto, decís vos? —se rió Belmondo. Después se escandalizó.
—¡Qué guachos de mierda!—Como te mira mucho… —siguió Ricardo—.. qué sé yo… yo pensaba…
—Medio trolo el muchacho —sentenció el Zorro.
—¡Mirá que hay que ser hijos de puta! —dijo Belmondo.
— Como el tipo es serio, es educado, es un tipo correcto… para éstos ya es un comilón.
—Muy fino, muy fino. Demasiado.
—Para mí que a vos te tira la goma —opinó el Colifa, mirando a Belmondo.
—¡Qué hijos de puta! —se tomó las manos Belmondo.
— No se puede ser culto acá.
—Si te mira y se relame, Bel… —le informó Ricardo.
— A Moreira lo manoteó el otro día.
—Sí —defendió Belmondo— no te le agachés adelante.
—¿Qué lo defendés? ¿Qué lo defendés? —pareció ofenderse el Pitufo
— ¿Tenés algún interés creado con ese tipo?—Para mí que se la lastra —meneó la cabeza el Zorro.
— ¿No viste a Pedrito cómo lo relojea también?
—¿Quién, che? —Pochi había llegado, enganchando las últimas palabras mientras acercaba una silla para poner la campera.
—El flaco alto, el “Sobrecojines”.
—¿Qué pasa?—Que es muy sospechoso, medio rarón ¿viste? —el Pitufo reunía la punta de los dedos de su mano derecha frente a la boca haciendo el gesto universal de comer.
—¿El elegante? —exclamó el Pochi, sentándose.
— Muy puto. Tragasables del año uno.
—¡Qué hijos de puta! —volvió a reírse Belmondo.
— El otro pobre tipo…—Traga la bala —siguió el Pochi, serio.
— Es más… creo que lo vi levantando machos en Zeballos y Buenos Aires.
—El otro pobre tipo —siguió Belmondo— es un buen tipo…
¿Cuál es el problema? Que empilcha bien, que toma whisky…
¿Cuál es?—Oíme… —dijo Ricardo.
— ¿Cómo va a venir acá de chaleco?—¡Dejame de joder! De chaleco.
—Y bueno, laburará en un banco. ¿Cuánta gente de la que viene acá labura en un banco?
—No. Y esa corbatita que usa. La rosita…
—Yo lo que te digo —siguió Belmondo— es que yo no me le agacharía adelante.
—Por ahí te empoma.
—Te empoma.—Tiene su pinta el hombre —estimó el Zorro.
—Y muy coqueto, se la pasa arreglándose la corbatita…
—Es buen muchacho, che, no sean hijos de puta….
Claro, el tipo en cuestión había aparecido un día en la mesa, tal vez abandonado por algún amigo común, tal vez ingresado en la charla por medio de esas presentaciones vagas y generales, “che, un amigo”, de inclinaciones de cabezas cortas y distraídas. En verdad, vestía bien, o al menos demasiado formal para el nivel medio, y participaba poco de las conversaciones. Asentía, a veces metía algún bocadillo, sonreía a menudo, algo distante, mirando hacia la calle, arreglándose la corbata a cada rato (era cierto). Tomó notoriedad el día que pidió un whisky. “Blenders” dijo, con pronunciación cuidada y Moreira lo miró como si le hubiese pedido un plato asiático. “Mirá que vale casi un palo, macho” le había advertido el mozo, cosa que al tipo pareció no inmutarlo. Y entre el sembradío de pocilios de café, vasos de agua, alguna taza de té o mate y servilletitas de papel arrugadas, el generoso vaso de whisky con hielo parecía un paquebote entrando a puerto rodeado de remolcadores diminutos y oscuros.
Otra cosa había sido lo del polo. Vaya a saber cómo salió la conversación sobre polo, quizás por una joda, quizás por alguna película, lo cierto es que el hombre, por primera vez se metió en serio, lideró la charla, habló de los Harriott, de los Dorignac, de handicaps y de poniers con una exactitud sobria y una información sólida. Y al final, cuando ya la charla había derivado inopinadamente hacia el automovilismo, la cagó con lo de “sobre cojines” que se encendió como una luz equívoca y sospechosa en los radares de todos.
—Yo no sé… —advirtió Ricardo, rascándose la espalda—… pero vos, Belmondo, cuidate.
—Sí —admitió Belmondo— porque que me rompan el orto a esta edad…
—O que le tengas que hacer los deberes al muchacho.
—Te digo que si viene mañana yo me corro.
—Sí. A ver si te agarra de la manito y te lleva para el ñoba.
Pasó un tiempo y el parroquiano desconocido no aportó por “El Cairo”. El día en que apareció estaban el Pitufo, Belmondo y el Pochi, nada más, conversando. El hombre se desprendió el impecable saco marrón oscuro del traje, dijo un “qué tal” y se sentó medio mirando para la puerta de Sarmiento y Santa Fe, girando un poco nerviosamente el cuello, como un pollo, estirando el mentón, para acomodarse el cuello de la camisa.
—El cinco era Ramacciotti —decía el Pitufo.
— Eso seguro.
—El cinco era Ramacciotti.
No me acuerdo el tres —dijo Belmondo aún con la mano izquierda cerrada, el pulgar arriba y los ojos entornados.
—Ditro. El tres era Ditro —aseguró Pochi— que después fue a River.
—¡Eso! Que después fue a River.
—Bueno. Entonces tenemos… —resumió el Pitufo—… Moreno, Valentino y Ditro.
El cuatro ese que no nos acordamos, Ramacciotti y Malazzo…
—Canceco, Pando, Carceo, González y Sciarra —recitó de un tirón el Pochi.
—Pero… ¿Cómo mierda se llamaba ese cuatro, la puta madre que lo reparió?
—¿Será posible?—Era un nombre corto. Un nombre corto como… Suárez, Blanco…
—No. Blanco era un cuatro que jugó en Racing. Buen jugador.
—Pero… —se ofuscó Belmondo—… un tipo muy junado… ¿Cómo carajo…?
—No me voy a acordar… No me voy a acordar… —dijo el Pitufo.
—Nos va a pasar como la otra vez con Della Savia.—¿Te acordás? Yo no pude dormir en toda la noche.
—O con el negro Marchetta.
Pasó una semana hasta que me crucé por la calle con Rafael, me agarró del brazo y me dijo, nada más, lo único que me dijo: “Marchetta”. “¡Marchetta, la puta que lo parió!” dije yo, y seguimos cada cual por su lado.
—Una noche, a la madrugada, me llamó el Pelado desde Barcelona para preguntarme quién era el ocho de aquella delantera de Ferro con el Cabezón Juárez, Acosta, Lugo y Garabal.
—Berón.
—Berón.—Pero a mí, esto, ya me cagó la semana —se reubicó el Pochi.
—¡Pero si hasta me acuerdo de la pinta que tenía —se enardeció Belmondo— uno bajito, narigón, feo…!
—¿Martín? ¿No era Martín?
—No, Martín era de Chacarita.
—Bajito, narigón, feo…
—Sí, pero no era Martín. Martín era de Chacarita y después fue al equipo de José.
—Moreno, Valentino y Ditro… —repasó el Pitufo—… tatatá, Ramaciotti y Malazzo…
—¡Concha de la lora!
El hombre, que había seguido silenciosamente la conversación, con una actitud entre divertida y ausente, se acomodó en la mesa y dijo:
—Sainz.
—¡Sainz! —pegó con la palma de la mano el Pitufo sobre la mesa
— Sainz la puta que lo reparió.
—Sainz, mirá vos lo tenía en la punta de la lengua.Claro… te decía que era un nombre corto.
—Sí, pero a mí me salía Suárez, Murúa, Aguirre, qué sé yo…
—No, Murúa era el de Racing. Marcador de punta, también. Grandote.
—Sainz —continuó el tipo, sin ufanarse demasiado por su aporte— después fue a River. Sainz, Cap y Varacka.
—Claro, claro. Exactamente. Que arriba jugaba Domingo Pérez, un uruguayo que era un pedo líquido.
—No —corrigió “Sobre cojines”— Domingo Pérez es anterior, es de la época de Pepillo, el nueve ese español que trajo River.
—¡Pepillo! ¿Te acordás? No me acordaba de Pepillo.
—Que la delantera llegó a formar… —recordó el hombre—… Domingo Pérez…—Moacyr —acotó Pochi.
—Moacyr Claudinho Pinto… —siguió el hombre—… Pepillo, Delem y Roberto. Todos extranjeros.
—Que también estaban Onega, el Nene Sarnari…—Ermindo, todavía no Daniel.—Pando, Artime…
—No… —volvió a corregir el hombre— Pando y Artime llegan un poco después. La delantera que te digo era con la cuestión del fútbol espectáculo. También jugaba un negro de cinco, el negro Salvador, un negro lentón…
—Sí. La cosa había empezado con Boca, con Armando, cuando lo trajo a Feola…
—Al gordo Felola Feola —dijo el Pitufo— a Dino Sani, a Maurinho…
—Antes a Orlando —puntualizó “Sobre cojines”— Orlando Pecanha do Carvalho, que inauguró, un poco, la función de seis metido adentro acá en la Argentina.
—También vinieron Loayza, me acuerdo, el Pepe Sasía, a Boca…
—Y bueno… —recordó el Pochi— Sasía vino de última acá, a Central, con el Gitano, Borgogno…
—Loayza también. —Loayza también y me acuerdo…—¡Ese partido contra el Real de Madrid! —se entusiasmó el hombre.
— En cancha de Ñul.—En cancha de Ñul, un amistoso, que los goles del Real los hicieron Pirri y Gento de tiro libre, sobre la hora.
—Yo estaba detrás del arco donde hizo el gol Gento —recordó “Sobre cojines”— …y no sé si te acordás que al principio entró Puskas…
—¡Puskas!
Así siguieron casi una hora, hasta que el hombre, de pronto, consultó su reloj, se sobresaltó, se puso de pie, tomó el sobretodo que había dejado prolijamente doblado sobre la silla vecina y, antes de irse, regaló el último aporte.
—Y el diez, el diez del Lobo de La Plata, era Diego Bayo.
—Diego Bayo, claro. Diego Bayo y Gómez Sánchez, el negro Gómez Sánchez que había venido a River con Joya…
Al día siguiente, cuando llegó el Colifa, Belmondo estaba hablando con el Zorro y también estaban el Pitufo, Pochi, Oscar, el otro Oscar, el Negro y el Chelo.
—¿No vino “Sobre cojines”? —preguntó el Colifa.
Alguien contestó que no.
—¿Quién es “Sobre cojines”? —dijo el Chelo.
—Rodolfo. Rodolfo creo que se llama.
No, no vino.
—Buen tipo ése —dijo el Pochi.
—Buen tipo.
Roberto Fontanarrosa.
Escenas de la vida deportiva.................................................
Andá cambiándote, Tito -pidió Rogelio, que estaba sentado en el suelo poniéndose las medias. Tito se quedó mirando hacia la cancha, fruncida la nariz.
El machismo en el tango
Escuchar atentamente las canciones y leer el texto anexo
La toalla mojada
1 Realizar un glosario de las palabras que explica Edmundo Rivero.
2 ¿Cómo reaccionaría hoy la opinión pública ante letras como estas?
3 ¿Conocés canciones actuales que sean machistas?
Amablemente
El machismo y el tango
Manuel Adet
Se me ocurre que es innecesario desconocer la marca del machismo en el tango. Es más, los tangueros no lo niegan y no son pocas las letras donde, además, se jactan de ello. Sin embargo, hay matices y en algunos casos testimonios sorprendentes que plantean otras perspectivas, otra mirada respecto de la relación entre el hombre y la mujer y, muy en particular, la mirada del hombre respecto de ellas.
Es verdad que el tango es cosa de hombres, como se dijo alguna vez. Hay una reivindicación de la hombría, de la ceremonia de la amistad entre hombres y desde ese lugar resulta previsible el deslizamiento hacia la misoginia, el machismo y una de sus variantes más lastimosas: el resentimiento contra las mujeres. Sobre ese tema nadie debería sorprenderse demasiado: los grandes poemas del tango pertenecen en su mayoría a la primera mitad del siglo veinte y el machismo entonces no era un patrimonio exclusivo del tango, estaba incorporado a la sociedad y atravesaba a todas las clases sociales.
Importa ahora destacar algún puñado de poemas que permiten registrar otro punto de vista, más matizado, más justo, más humano con relación a las mujeres. Los tangos a los que me voy a referir no son marginales, flores exóticas en el paisaje del dos por cuatro. Por el contrario, todos han sido muy populares, interpretados por las grandes orquestas y los mejores cantores.
“Que me importa tu pasado” es un poema escrito por Roberto Giménez con música de Manuel Sucher. El título mismo es un alegato en contra de uno de los mitos machistas más nocivos; la exigencia de la mujer virgen y la condena rápida, impiadosa y concluyente a la que “pecó”. Hay una estrofa elocuente presente en el estribillo: “Qué me importa tu pasado, no llorés mi buena amiga, no es un crimen ser golpeado ni es delito haber rodado en las vueltas de la vida. Qué me importa tu pasado, si yo que nunca aflojé, si te ofende algún cobarde te lo juro por mi madre me planto donde me ves”. Las versiones de Ángel Cárdenas con Aníbal Troilo y Julio Sosa con Armando Pontier, son excelentes.
“No me hablen de ella” es un tango cuya letra y música pertenecen a Jorge Moreira. La primera estrofa es toda una declaración de principios: “No gasten palabras, ni pierdan el tiempo, hablándome de ella porque ella es mi amor. Que importa si viene de un triste pasado, yo también regreso de un mundo de horror. Soy hombre y me pongo en juez y culpable, mil bocas mintieron porque yo mentí, no puedo juzgarla porque yo he rodado y sé lo que cuesta con honra vivir”. Rodolfo Lesica con Héctor Varela y Jorge Maciel con Osvaldo Pugliese, han grabado versiones de muy buena calidad.
“La última” es un tango de Julio Camilloni y Antonio Blanco. “Ya no puedo equivocarme, sos la última en mi vida” dice en sus primeros versos un hombre que sabe que al final del camino ése es un lujo que no puede permitirse. Después agrega: “Sos la última moneda que me queda por jugar, si no gano tu cariño la daré por bien perdida, ya que nunca más la vida me permitirá ganar”.
No hay margen para el machismo y las compadradas. Mucho menos para despreciar a la mujer por prejuicios tontos y desalmados. “Sos la última y espero, que me traigas la ternura, ésa que he buscado en tantas y que no pude encontrar, yo no quiero pasionismos ni amoríos ni aventuras, yo te quiero compañera para ayudarme a luchar”. Ni sirviente ni objeto amoroso; compañera, de igual a igual.
Si alguna duda queda, la siguiente estrofa la despeja en toda la línea: “No me importa tu pasado, ni soy quién para juzgarte, ya que anduve a los sopapos con la vida yo también. Además hay un motivo para quererte y cuidarte, se adivina con mirarte que no te han querido bien”. La militante feminista más enconada no vacilaría en aprobarlo a libro cerrado. Aconsejo la versión de Ángel Cárdenas con Aníbal Troilo, pero la de Jorge Durán con Armando Pontier merece la atención del tanguero más exigente.
“Mala suerte” es un tango de 1939 escrito por Francisco Gorrindo con música de Francisco Lomuto. Lo novedoso de este poema es que el hombre parece reunir todos los atributos del machista clásico: calavera, milonguero, farrista, y podemos permitirnos la licencia de agregarle unos cuantos atributos más. Sin embargo, su relación con la mujer que termina de dejarlo no es machista y mucho menos resentida. “Se acabó nuestro cariño me dijiste fríamente, yo pensé pa mis adentros puede que tengas razón, lo pensé y te dejé sola, sola y dueña de tu vida, mientras yo con mi conciencia me jugaba el corazón”. ¿Machista? No lo creo. Y no lo creo porque él está dispuesto a pagar el precio por su elección de vida. La última estrofa disipa cualquier duda al respecto: “He tenido mala suerte, pero hablando francamente, yo te quedo agradecido has sido novia y mujer; si la vida ha de apurarme con rigores algún día, ya podés estar segura que de vos me acordaré”.
Está claro que el muchacho protagonista de este tango no es lo que se dice el mejor yerno del mundo, pero su relación con las mujeres no es la de un energúmeno. Julio Sosa con Francisco Rotundo, logra en 1959 la versión más divulgada y, a mi criterio, la más lograda. Pero a este tango también se le animaron en el pasado Jorge Omar con Francisco Lomuto y unos años después Ernesto Fama con Francisco Canaro.
Para concluir, me referiré a lo que muchos calificaron como un poema existencialista, un poema que Jean Paúl Sartre hubiera ponderado sin sacarse la pipa de la boca. Se trata de “Infamia”, con letra y música de Enrique Santos Discépolo, como no podía ser de otra manera. Edmundo Rivero con Atilio Stamponi y Floreal Ruiz con Francisco Rotundo, son los grandes intérpretes de este poema terrible.
“Infamia” no pretende ser un alegato a favor de la mujer, pero la sensibilidad, el dolor y la compasión que expresa está en las antípodas del machismo en sus versiones clásicas.
“La gente que es brutal cuando se ensaña, la gente que es feroz cuando hace un mal, buscó para hacer títeres en su guiñol la imagen de tu amor y mi esperanza”. También en este caso al hombre le importa la condición humana de la mujer, no su pasado supuestamente pecaminoso. No es un detalle. El primer síntoma de un machista se expresa en estos celos retrospectivos del hombre que con inspirada retórica supo plantear Alfonsina Storni: “Tu me quieres blanca, tu me quieres pura.”
Después dice: “A mí qué me importaba tu pasado, si tu alma entraba pura a un porvenir, dichoso abrí los brazos a tu afán y con mi amor, salimos de payasos a vivir”. El final es conmovedor: “Tu angustia comprendió que era imposible, luchar contra la gente es infernal, por eso me dejaste sin decirlo, ¡amor! y fuiste a hundirte al fin en tu destino. Tu vida desde entonces fue un suicidio, vorágine de horrores y de alcohol, anoche te mataste ya del todo y mi emoción, te llora en tu descanso.¡corazón!” ¿Qué tal? Sólo Discépolo es capaz de escribir semejante testimonio sobre el dolor, el fracaso y la muerte. Justamente él, cuya relación con Tania fue muchas cosas, menos la de un machista.
Textos para el 29/6/18
22 de junio de 1986
Para junio de 1986 yo llevaba un año y un mes de novio con Gabriela, una morocha de ojos enormes y curvas inquietantes que me tenía absolutamente encandilado. Éramos chicos, eran otros tiempos, y su familia me ponía las cosas un tanto difíciles. En sus conversaciones, en sus permisos y sus prohibiciones, yo no conseguía traspasar la categoría de “amiguito”. Solo Gabriela –Gaby, como la llamaba todo el mundo- aludía a su “novio”. Ni su padre, ni su madre, ni su hermano mayor, utilizaban semejante calificativo para mencionarme. En realidad, supongo que me mencionaban lo menos posible. Y cuando lo hacían, era para unir mi nombre al de alguna prohibición. No, no podés salir el sábado a la noche con Eduardo. No, no queremos que Eduardo te visite en las vacaciones en Villa Gesell. No, no nos parece bien que vayas a la casa de Eduardo. No, no nos importa que en su casa estén su madre y su hermana. No, no estamos de acuerdo en que te pases media hora hablando por teléfono con tu amiguito Eduardo. Cosas así.
Como mi novia estaba más buena que el flan con dulce de leche me armé de paciencia, y me acostumbré a volverme transparente. Con puntualidad de tren alemán me habitué a despedirla en el zaguán de su casa un minuto antes de las nueve de la noche, con disciplina de monje budista me acostumbré a cortar el teléfono a los diez minutos de conversación, y con ardides de agente secreto me las ingenié para verla a hurtadillas durante sus dichosas vacaciones en Villa Gesell.
Y así fue pasando el tiempo. Hasta que de repente, sin prólogos que me hicieran intuir un cambio semejante, y cuando ya llevábamos un año cumplido en esas lides, fui oficialmente invitado a comer en casa de mi novia, un domingo a mediodía. A comer un asado, más precisamente. Ella me lo contó desbordante de alegría. Nuestro amor, al parecer, había derribado los altos muros de la desconfianza de sus progenitores. “¿Justo el domingo que viene?”, pregunté yo. “¡Este domingo!” confirmó mi novia, en el colmo de la dicha. A veces la vida es así: nos pone a prueba, nos otorga algo que hemos deseado, pero en condiciones que convierten en una desgracia lo que debería ser un regalo del Cielo.
Porque el domingo siguiente no era cualquier domingo. Era el domingo más difícil, más importante, más complicado y más desesperante de mi vida. El domingo siguiente era 22 de junio de 1986. Jugaba Argentina. Jugaba un partido del campeonato mundial de México. Jugaba por cuartos de final. Jugaba contra Inglaterra.
“¿Pasa algo malo?”, me preguntó mi novia. Abrí grandes los ojos y murmuré que no, aclarando que justo el domingo, a las tres de la tarde, Argentina jugaba contra Inglaterra. Mi novia, en el mejor de los mundos, se alegró con la noticia. “¡Mejor –aseguró- así vemos todos juntos el partido después del asado!”.
¿Cómo explicarle la verdad? Hay cosas que se saben, o que no se saben, pero que no se explican. Hay partidos que se miran con tranquilidad, partidos que se miran con preocupación, partidos que se viven con desesperación, y partidos que se sufren al borde del abismo. Y, por supuesto, ese partido contra Inglaterra pertenecía al último grupo. Y eso es algo que solo los futboleros pueden entender. Durante los mundiales, sobre todo durante ese mundial de México, los argentinos no futboleros se asomaron al fútbol con interés, con entusiasmo, maravillados por lo que hacían Maradona y la selección de Bilardo. Triunfo ante los coreanos, empate con autoridad frente a la Italia campeona, victoria cómoda ante Bulgaria, victoria sufrida pero merecida frente a Uruguay por octavos… La gente que no es del fútbol supone que después de una victoria lo más probable es que haya otra victoria. Los futboleros, en cambio, sabemos cuánto dolor nos aguarda siempre en el futuro. Y si no es dolor, por lo menos, cuánta incertidumbre. Que los partidos no se ganan por currículum. Que hay seis millones de cosas que pueden salir mal en un partido. Que el fútbol es cualquier cosa menos justo. Que mil veces hemos merecido ganar y no ganamos.
De manera que los futboleros llegábamos a ese partido contra Inglaterra con la sensación inhóspita de que hubiésemos preferido cualquier otro rival para el partido de cuartos. Claro que el incentivo de ganarles y dejarlos afuera era interesantísimo. Pero al mismo tiempo, el terror de que fueran los ingleses los que nos dejaran afuera nos ponía al borde del pánico. Por supuesto que ganar ese partido, o ganar el mundial, no iba a arreglar el dolor enorme de Malvinas, y todos esos chicos muertos. Pero perder ese partido, perderlo con ellos, volvería todo más cruel, más amargo, más injusto. A mí nunca me ha gustado mezclar la política y la nación con el deporte, pero en ese caso, en ese año, después de todo lo que habíamos sufrido, yo sentía que el domingo 22 era una frontera definitiva.
Y la buena de mi novia me invitaba a ver el partido más importante de mi vida en presencia de su familia en pleno. Yo no sé ustedes, pero yo veo los partidos importantes como si estuviera en la cancha. Grito, salto, comento, puteo, reclamo, gambeteo, sudo, relato, gesticulo, despejo los balones sueltos en el área propia, estiro la pierna para llegar con lo justo a las pelotas indecisas de la mitad de la cancha. En otras palabras: doy un espectáculo bochornoso para cualquiera que no entienda de este juego. Cualquiera que me observe sin entender de qué se trata, deberá concluir que soy un loco o un infradotado, o un loco infradotado. De manera que ver ese partido, EL partido del mundial, como figurita de estreno en la casa de mi novia me ponía en riesgo de convertir mi debut en despedida. Quedaba una chance a favor: que mi proyecto de suegro, y mi proyecto de cuñado fuesen futboleros a muerte, esos tipos que comparten tus códigos y que saben de qué se trata. Si ese era el caso, santa solución. Los tipos iban a estar tan carcomidos por los nervios como yo, y apenas me iban a llevar el apunte. Lástima que no era el caso: el padre y el hermano de mi novia eran tenistas. Tenistas de estos que juegan todas las semanas. Tenistas de club, de zapatillas blancas, de bolsos grandes, tenistas de nos tomamos una cerveza después del partido. Aclaro que, por mi parte, no tengo ningún problema con los tenistas. El problema era tener que ver el partido más difícil de mi vida como hincha, al lado de dos tipos que veían fútbol nada más que en los mundiales.
Traté de explicarle a mi novia que no podía aceptar su invitación. Que iba a dar un espectáculo vergonzoso, que si hasta ahora en su casa me miraban con recelo, de ahora en más lo harían con repugnancia. Ella me miró con ojos acuosos, me habló de la alegría que había sentido con la invitación, de sus esperanzas de que de ahora en adelante podríamos salir los sábados a la noche sin la oposición de sus padres…
La carne es débil. Sobre todo la mía. La sola posibilidad de salir con ella de noche, y sobre todo de pasear en el auto, y sobre todo despedirla en el zaguán de su casa sin la delatora luz diurna arruinando cualquier aproximación que uno intentase, pudo más que mis justificadas prevenciones.
Ese día me tomé el tren en Castelar poco después de las doce. Iba de pie, cerca de una de las puertas, apoyado en uno de los parapetos. Era un domingo gris, frío, típico de junio. En el parante de enfrente viajaba un tipo. En un momento nuestros ojos se cruzaron. No nos conocíamos. Nunca nos habíamos visto. Jamás volvimos a vernos. Pero en ese momento los dos hicimos el mismo gesto con las cejas y los ojos. Gesto de “Mama mía, qué partido nos espera”. Después volvimos a mirar el suelo o el paisaje más allá de las ventanillas. Cuando bajé en Ramos Mejía volvimos a mirarnos. Ahora el gesto significó “Ojalá. Ojalá que se nos dé”. Y eso fue todo.
Cuando llegué a lo de mi novia puse cara de muchacho bueno, atendí a las presentaciones, elogié los preparativos del asado: lo que se espera de todo novio recién presentado y bien nacido. Cuando nos sentamos a comer tuve un instante de incredulidad. Esa gente comía el asado como si no fuera a existir un mañana. Con la angustia que yo cargaba, no me entraba una arveja de canto. Pero el resto de los comensales les daba a las achuras, al vacío, a la tira, al vino y a la ensalada como si la vida fuese coser y cantar. “¿No comés, Eduardo? ¿No tenés hambre? Gaby nos dijo que el asado te gustaba mucho!”. Yo dije que sí, que no, que sí me gustaba, pero que me sentía ligeramente mareado, enfermo, indispuesto, indigestado, no sé, o todo junto. Y lo dije con sonrisa de estampa, como si también para mí la vida fuese nada más que ese mediodía gris, el postre y la sobremesa. Cada cinco minutos miraba la hora y calculaba: deben haber llegado al estadio Azteca; deben estar reconociendo el campo de juego; deben estar en la charla técnica.
Cuando se hizo la hora pregunté si podía poner la radio para escuchar el relato de Víctor Hugo. Me miraron como si fuese un visitante de Venus. “Mirá que por la tele lo relatan”, me explicaron los tenistas, con amplio espíritu pedagógico. ¿Qué responderles? Yo tenía mis razones para pedirlo. Uno: los relatores de radio me parecían mucho mejores que los de la tele. Dos: venía escuchando a Víctor Hugo desde el debut contra los coreanos, y no pensaba cambiar la cábala aunque explotase el mundo. Finalmente accedieron, tal vez por no llevarle la contra al loco recién llegado.
Les ruego, señores lectores, que se tomen un instante para evaluar mi situación. Muchos de ustedes habrán tenido la necesidad, alguna vez, de dar la imagen de un joven educado, centrado, simpático, cortés, amable, conversador y tranquilo. Ahora supongan que les hubiese tocado fingirse así durante el partido en que Argentina se jugaba, contra los ingleses, la chance de pasar a semifinales del Mundial de México. ¿Adquieren ustedes la dimensión de mi martirio?
El primer gol de Diego no lo grité. Ya dije que tenía puesta la radio con el relato de Víctor Hugo, que vio la mano de Dios como casi nadie, y lo dijo de inmediato. Por eso, mientras a mi alrededor todos gritaban y saltaban y festejaban, yo me limité a mirarlo a Maradona deseando que lo enfocaran al línea, o al árbitro, o a los dos, para asegurarme de que sí, de que lo habían cobrado. Cuando me convencí de que sí lo convalidaban, solté un par de gritos, pero no los alaridos desaforados que habría proferido en directo. Fueron un par de gritos civilizados, contenidos, gentiles, mesurados.
Pero lo que vino después se me fue absolutamente de las manos. Cuando cuatro minutos más tarde Maradona recibió de Héctor Enrique un pase intrascendente, seis metros detrás del mediocampo, y encaró hacia el mejor gol de la historia, no pude menos que ponerme de pie, como hace uno cuando está en la cancha y siente que algo está por pasar. Sé que me mantuve en silencio los siguientes segundos, mientras Diego avanzaba por izquierda gambeteando ingleses. Sé que dejé de respirar cuando se tomó un instante para quedar de vuelta de zurdo, después del último enganche al dejar pagando a Shilton. Y después no sé más nada.
Mejor dicho, cuando recupero la consciencia, estoy colgado de los barrotes de una ventana, a un metro del suelo, con los pies sobre el alfeizar, gritando como un enajenado, insultando a los ingleses y a la madre que los parió, deshaciéndome la garganta, descoyuntándome la mandíbula, desintegrándome las cuerdas vocales, que es el único modo de gritar un gol como ese.
O me bajó la presión, o me quedé sin aire, o simplemente la vida volvió a ponerse en movimiento. Lo cierto es que terminé por darme cuenta del sitio en el que estaba. Aun sin darme vuelta sabía que, detrás, debían estar mi hipotético suegro, mi hipotética suegra y mi hipotético cuñado, preguntándose qué clase de salvaje pretendía convertirse en el novio oficial de su hija menor. Junté valor, solté los barrotes y me dejé caer al piso. Me levanté dispuesto a que me indicaran en qué dirección estaba la puerta.
Y sin embargo, nadie me estaba mirando. Todos, empezando por los tenistas, seguían con los ojos clavados en el televisor, mientras repetían una vez y otra vez ese gol imposible. Me acerqué al grupo, sacudiéndome el polvo de las rodillas y carraspeando para recuperar aunque fuera un hilo de voz. “¿Qué golazo, no?”. Comentaron. Dije que sí. Como quien no quiere la cosa, limpié como pude las marcas de mis zapatos en la ventana. Nadie mencionó –nadie había visto- mis acrobacias ni mis gritos ni mis insultos. Volví a mi sitio y seguí viendo el partido. Eso sí, después del gol de Lineker preferí salir a la vereda, porque sentía que si los ingleses empataban, después del baile que se habían comido, yo iba a romper el televisor contra la pared que estuviese más a mano, y ya no me salvaba nadie.
Me senté en la vereda de Avenida de Mayo y Coronel Díaz, mientras le prometía a Dios ser bueno desde entonces y para siempre, con tal de que Inglaterra no nos empatase ese partido de leyenda. Detuve mis rezos recién cuando escuché los primeros bocinazos.
Yo le debo al Diego muchas cosas. La principal son esos goles a Inglaterra. Primero, por lo que esos goles fueron y seguirán siendo para los argentinos. Y segundo, porque sirvieron para dejar pasmados a los tenistas. De lo contrario, en una de esas, la familia de Gaby me repudiaba. Y yo no me casaba con ella, y no tenía los hijos que tengo. Menos mal que, gracias a Maradona, nadie me vio, a los gritos, trepado en la ventana.
Por Eduardo Sacheri
El ocho era Moacyr
El que tiró la primera piedra fue Ricardo, apenas después de haberse ido el tipo.
—Che… ¿quién es este coso?
—No sé —contestó el Zorro.— ¿No es amigo tuyo?
— ¿Mío? No. Estás en pedo vos.
—Es amigo del Colifa —aportó el Pitufo—, certero interrumpiendo una conversación que sostenía con una rubia de rulos de la mesa vecina. Tenía eso el Pitu, podía mantener varias conversaciones a la vez, quizás porque no le gustaba verse marginado de ninguna.
En eso llegó el Colifa.
—Che…—le preguntó Ricardo—… el flaco ese que se fue ¿es amigo tuyo?
—¿Qué flaco? —frunció la cara el Colifa mientras se sacaba la campera y la bufanda.
—El flaco… El “Sobrecojines”.
—Ah no… —se rió el Colifa.— Yo no lo conozco.
El hombre, el que se había ido, había tenido la desafortunada ocurrencia días atrás, en una de sus pocas intervenciones en la charla, de decir que manejar el último modelo de Renault era sentirse como “sobre cojines”. Se habían hecho todos los pelotudos pero la cosa quedó registrada.
—¡Yo creí que era amigo tuyo! —se rió el Pitufo.
—Yo no lo vi en la puta vida.—Pero… ¿Lo conocés?—Sí. De acá, ahora.
—Entonces… —insistió Ricardo, casi amenazante.
— ¿Quién lo trajo a la mesa?—Qué sé yo.
Nadie sabía. Pero no era muy extraño. En “El Cairo” era así. De pronto uno se encontraba sentado junto a alguien desconocido que, tal vez por varios días se integraba a la mesa y luego desaparecía tan silenciosa y misteriosamente como había llegado, o reaparecía en alguna mesa lejana, con otra gente asimismo desconocida, y dispensaba un saludo desde allá atrás, al voleo, de cortesía.
—Por ahí alguien se lo dejó olvidado —aventuró el Zorro.
—Eso. ¡Vaya a saber desde hace cuánto tiempo ha estado sentado acá el pobre tipo!
—Yo creía que era amigo tuyo —señaló Ricardo a Belmondo— y ahora resulta que no lo junta nadie.
—¿Mío? ¿Porqué? Ricardo frunció la nariz.
—No sé —dijo— lo veo muy fino ¿no? El Zorro captó la cosa de inmediato.
—Muy delicado. ¿No es cierto?
—¿Puto, decís vos? —se rió Belmondo. Después se escandalizó.
—¡Qué guachos de mierda!—Como te mira mucho… —siguió Ricardo—.. qué sé yo… yo pensaba…
—Medio trolo el muchacho —sentenció el Zorro.
—¡Mirá que hay que ser hijos de puta! —dijo Belmondo.
— Como el tipo es serio, es educado, es un tipo correcto… para éstos ya es un comilón.
—Muy fino, muy fino. Demasiado.
—Para mí que a vos te tira la goma —opinó el Colifa, mirando a Belmondo.
—¡Qué hijos de puta! —se tomó las manos Belmondo.
— No se puede ser culto acá.
—Si te mira y se relame, Bel… —le informó Ricardo.
— A Moreira lo manoteó el otro día.
—Sí —defendió Belmondo— no te le agachés adelante.
—¿Qué lo defendés? ¿Qué lo defendés? —pareció ofenderse el Pitufo
— ¿Tenés algún interés creado con ese tipo?—Para mí que se la lastra —meneó la cabeza el Zorro.
— ¿No viste a Pedrito cómo lo relojea también?
—¿Quién, che? —Pochi había llegado, enganchando las últimas palabras mientras acercaba una silla para poner la campera.
—El flaco alto, el “Sobrecojines”.
—¿Qué pasa?—Que es muy sospechoso, medio rarón ¿viste? —el Pitufo reunía la punta de los dedos de su mano derecha frente a la boca haciendo el gesto universal de comer.
—¿El elegante? —exclamó el Pochi, sentándose.
— Muy puto. Tragasables del año uno.
—¡Qué hijos de puta! —volvió a reírse Belmondo.
— El otro pobre tipo…—Traga la bala —siguió el Pochi, serio.
— Es más… creo que lo vi levantando machos en Zeballos y Buenos Aires.
—El otro pobre tipo —siguió Belmondo— es un buen tipo…
¿Cuál es el problema? Que empilcha bien, que toma whisky…
¿Cuál es?—Oíme… —dijo Ricardo.
— ¿Cómo va a venir acá de chaleco?—¡Dejame de joder! De chaleco.
—Y bueno, laburará en un banco. ¿Cuánta gente de la que viene acá labura en un banco?
—No. Y esa corbatita que usa. La rosita…
—Yo lo que te digo —siguió Belmondo— es que yo no me le agacharía adelante.
—Por ahí te empoma.
—Te empoma.—Tiene su pinta el hombre —estimó el Zorro.
—Y muy coqueto, se la pasa arreglándose la corbatita…
—Es buen muchacho, che, no sean hijos de puta….
Claro, el tipo en cuestión había aparecido un día en la mesa, tal vez abandonado por algún amigo común, tal vez ingresado en la charla por medio de esas presentaciones vagas y generales, “che, un amigo”, de inclinaciones de cabezas cortas y distraídas. En verdad, vestía bien, o al menos demasiado formal para el nivel medio, y participaba poco de las conversaciones. Asentía, a veces metía algún bocadillo, sonreía a menudo, algo distante, mirando hacia la calle, arreglándose la corbata a cada rato (era cierto). Tomó notoriedad el día que pidió un whisky. “Blenders” dijo, con pronunciación cuidada y Moreira lo miró como si le hubiese pedido un plato asiático. “Mirá que vale casi un palo, macho” le había advertido el mozo, cosa que al tipo pareció no inmutarlo. Y entre el sembradío de pocilios de café, vasos de agua, alguna taza de té o mate y servilletitas de papel arrugadas, el generoso vaso de whisky con hielo parecía un paquebote entrando a puerto rodeado de remolcadores diminutos y oscuros.
Otra cosa había sido lo del polo. Vaya a saber cómo salió la conversación sobre polo, quizás por una joda, quizás por alguna película, lo cierto es que el hombre, por primera vez se metió en serio, lideró la charla, habló de los Harriott, de los Dorignac, de handicaps y de poniers con una exactitud sobria y una información sólida. Y al final, cuando ya la charla había derivado inopinadamente hacia el automovilismo, la cagó con lo de “sobre cojines” que se encendió como una luz equívoca y sospechosa en los radares de todos.
—Yo no sé… —advirtió Ricardo, rascándose la espalda—… pero vos, Belmondo, cuidate.
—Sí —admitió Belmondo— porque que me rompan el orto a esta edad…
—O que le tengas que hacer los deberes al muchacho.
—Te digo que si viene mañana yo me corro.
—Sí. A ver si te agarra de la manito y te lleva para el ñoba.
Pasó un tiempo y el parroquiano desconocido no aportó por “El Cairo”. El día en que apareció estaban el Pitufo, Belmondo y el Pochi, nada más, conversando. El hombre se desprendió el impecable saco marrón oscuro del traje, dijo un “qué tal” y se sentó medio mirando para la puerta de Sarmiento y Santa Fe, girando un poco nerviosamente el cuello, como un pollo, estirando el mentón, para acomodarse el cuello de la camisa.
—El cinco era Ramacciotti —decía el Pitufo.
— Eso seguro.
—El cinco era Ramacciotti.
No me acuerdo el tres —dijo Belmondo aún con la mano izquierda cerrada, el pulgar arriba y los ojos entornados.
—Ditro. El tres era Ditro —aseguró Pochi— que después fue a River.
—¡Eso! Que después fue a River.
—Bueno. Entonces tenemos… —resumió el Pitufo—… Moreno, Valentino y Ditro.
El cuatro ese que no nos acordamos, Ramacciotti y Malazzo…
—Canceco, Pando, Carceo, González y Sciarra —recitó de un tirón el Pochi.
—Pero… ¿Cómo mierda se llamaba ese cuatro, la puta madre que lo reparió?
—¿Será posible?—Era un nombre corto. Un nombre corto como… Suárez, Blanco…
—No. Blanco era un cuatro que jugó en Racing. Buen jugador.
—Pero… —se ofuscó Belmondo—… un tipo muy junado… ¿Cómo carajo…?
—No me voy a acordar… No me voy a acordar… —dijo el Pitufo.
—Nos va a pasar como la otra vez con Della Savia.—¿Te acordás? Yo no pude dormir en toda la noche.
—O con el negro Marchetta.
Pasó una semana hasta que me crucé por la calle con Rafael, me agarró del brazo y me dijo, nada más, lo único que me dijo: “Marchetta”. “¡Marchetta, la puta que lo parió!” dije yo, y seguimos cada cual por su lado.
—Una noche, a la madrugada, me llamó el Pelado desde Barcelona para preguntarme quién era el ocho de aquella delantera de Ferro con el Cabezón Juárez, Acosta, Lugo y Garabal.
—Berón.
—Berón.—Pero a mí, esto, ya me cagó la semana —se reubicó el Pochi.
—¡Pero si hasta me acuerdo de la pinta que tenía —se enardeció Belmondo— uno bajito, narigón, feo…!
—¿Martín? ¿No era Martín?
—No, Martín era de Chacarita.
—Bajito, narigón, feo…
—Sí, pero no era Martín. Martín era de Chacarita y después fue al equipo de José.
—Moreno, Valentino y Ditro… —repasó el Pitufo—… tatatá, Ramaciotti y Malazzo…
—¡Concha de la lora!
El hombre, que había seguido silenciosamente la conversación, con una actitud entre divertida y ausente, se acomodó en la mesa y dijo:
—Sainz.
—¡Sainz! —pegó con la palma de la mano el Pitufo sobre la mesa
— Sainz la puta que lo reparió.
—Sainz, mirá vos lo tenía en la punta de la lengua.Claro… te decía que era un nombre corto.
—Sí, pero a mí me salía Suárez, Murúa, Aguirre, qué sé yo…
—No, Murúa era el de Racing. Marcador de punta, también. Grandote.
—Sainz —continuó el tipo, sin ufanarse demasiado por su aporte— después fue a River. Sainz, Cap y Varacka.
—Claro, claro. Exactamente. Que arriba jugaba Domingo Pérez, un uruguayo que era un pedo líquido.
—No —corrigió “Sobre cojines”— Domingo Pérez es anterior, es de la época de Pepillo, el nueve ese español que trajo River.
—¡Pepillo! ¿Te acordás? No me acordaba de Pepillo.
—Que la delantera llegó a formar… —recordó el hombre—… Domingo Pérez…—Moacyr —acotó Pochi.
—Moacyr Claudinho Pinto… —siguió el hombre—… Pepillo, Delem y Roberto. Todos extranjeros.
—Que también estaban Onega, el Nene Sarnari…—Ermindo, todavía no Daniel.—Pando, Artime…
—No… —volvió a corregir el hombre— Pando y Artime llegan un poco después. La delantera que te digo era con la cuestión del fútbol espectáculo. También jugaba un negro de cinco, el negro Salvador, un negro lentón…
—Sí. La cosa había empezado con Boca, con Armando, cuando lo trajo a Feola…
—Al gordo Felola Feola —dijo el Pitufo— a Dino Sani, a Maurinho…
—Antes a Orlando —puntualizó “Sobre cojines”— Orlando Pecanha do Carvalho, que inauguró, un poco, la función de seis metido adentro acá en la Argentina.
—También vinieron Loayza, me acuerdo, el Pepe Sasía, a Boca…
—Y bueno… —recordó el Pochi— Sasía vino de última acá, a Central, con el Gitano, Borgogno…
—Loayza también. —Loayza también y me acuerdo…—¡Ese partido contra el Real de Madrid! —se entusiasmó el hombre.
— En cancha de Ñul.—En cancha de Ñul, un amistoso, que los goles del Real los hicieron Pirri y Gento de tiro libre, sobre la hora.
—Yo estaba detrás del arco donde hizo el gol Gento —recordó “Sobre cojines”— …y no sé si te acordás que al principio entró Puskas…
—¡Puskas!
Así siguieron casi una hora, hasta que el hombre, de pronto, consultó su reloj, se sobresaltó, se puso de pie, tomó el sobretodo que había dejado prolijamente doblado sobre la silla vecina y, antes de irse, regaló el último aporte.
—Y el diez, el diez del Lobo de La Plata, era Diego Bayo.
—Diego Bayo, claro. Diego Bayo y Gómez Sánchez, el negro Gómez Sánchez que había venido a River con Joya…
Al día siguiente, cuando llegó el Colifa, Belmondo estaba hablando con el Zorro y también estaban el Pitufo, Pochi, Oscar, el otro Oscar, el Negro y el Chelo.
—¿No vino “Sobre cojines”? —preguntó el Colifa.
Alguien contestó que no.
—¿Quién es “Sobre cojines”? —dijo el Chelo.
—Rodolfo. Rodolfo creo que se llama.
No, no vino.
—Buen tipo ése —dijo el Pochi.
—Buen tipo.
Roberto Fontanarrosa.
Escenas de la vida deportiva.................................................
Andá cambiándote, Tito -pidió Rogelio, que estaba sentado en el suelo poniéndose las medias. Tito se quedó mirando hacia la cancha, fruncida la nariz.
Nadie vino a reservar la cancha? –preguntó. Jorge haba atado el extremo de una venda al paragolpes del auto, se había alejado un par de metros y ahora la enrollaba prolijamente. No contestó.
-¿El boludo del Ruso no vino a reservar la cancha? -insistió Tito, el bolso al hombro.
-Cambíate Tito -dijo Aguilar-. Ya se van los muchachos.
-¡Ruso! -gritó Jorge-. ¿Reservaste la cancha?
El Ruso ni se dio vuelta para responder, sentado sobre el piso aún húmedo.
-No vine, Jorge -gritó-. ¡Con lo que llovió anoche! Pero no hay drama...
-El Ruso se la piroba a la vieja y la vieja se la presta -asesoró Aguilar.
-¡Ruso! -llamó Tito-. ¿Te seguís haciendo tirar la goma con la vieja cada vez que venís a alquilar la cancha?
-Por lo menos no te la cobrará ¿no? -aportó el Pichicua.
-El Ruso se piroba a la vieja -Jorge ya había terminado de enrollar las vendas-. La vieja no le cobra el alquiler pero después él nos lo cobra a nosotros.
-Esas viejas son perfectas para chuparte el zodape porque no tienen dientes, ¿no Ruso?
El Ruso movió la cabeza de un lado al otro.
-Hijos de puta -reprochó-. Como ochenta años tiene la vieja. ¿No tienen madre, ustedes?
-¿Qué? -Tito eructó-. ¿Te querés culear a mi vieja también?
Se rieron. En la cancha, una multitud de morochos corría detrás de una pelota marrón y deformada. Algunos de ellos con pantalones largos arremangados y descalzos. Jugaban y gritaban. Se reían.
-¡Tienen un pedo éstos! -dijo Marcelo.
-Claro. Si se comieron un asadito allá, detrás del arco.
-Mira la zapan de aquél... Hijo de puta, parece embarazado.
-Éstos no se van a ir más -calculó Tito, indolente.
-¡Cambíate forro! -le gritó Miguel-. Cambiate de una vez y deja de hinchar las pelotas.
-¿Y quién les va a decir que se vayan?
-Tito concedió descolgar el bolso del hombro-. -. ¿Vos les vas a decir que se vayan?
-¡Ya hablé con uno de ellos, pelotudo! -dijo Aguilar-. Se van ahora nomás.
-Mira la caripela de los negros. Como para decirles algo está...
-Si no se pueden ni mover del pedo que tienen. Juegan cinco minutos más y se mueren...
-¿No se pueden ni mover? -se hizo oír el Ruso, atándose los botines-. Mira cómo la pisa el gordo aquél... ¡recién hizo un gol!...
Tito se sentó sobre el pasto con un resuello.
-Sabes qué ganas de apoliyar que tengo... Me hubiera quedado durmiendo –dijo.
-Está lindo para dormir -aprobó el Ruso.
-Es al pedo -meneó la cabeza, Miguel-. Lo que es no saber un carajo de fútbol. Estos son los mejores días para jugar, querido. Nublado, fresco...
-Estuvo lloviendo, Negro -se quejó Tito.
-Quieren venir a jugar cuando hay sol y un calor de cagarse -Miguel afeó la voz, doctoral-. Ahí quieren venir a jugar. Cuando no te podés ni mover del calor que hay. Hoy está perfecto, papá.
-Es verdad. Es un día bárbaro -aprobó el Ruso, que dudaba entre sacarse el buzo o no.
-¡Pero claro, querido! -siguió Miguel-. Ni siquiera hay viento. Es preferible jugar con lluvia que con viento, mira lo que te digo.
-Seguro -Marcelo ingresó en la controversia, desde lejos-. Con viento es una cagada. Nunca sabes para dónde mierda sale la pelota. Con lluvia, cuando le agarras la mano al pique... chau ... cuando le adivinas el sapito...
-Es que sale como arriba de un vidrio...
-¡Eso! Ahí está la joda. Pero es mejor que con viento.
-Es que éstos no saben nada, Chelo -se envalentonó Miguel-. Hay que explicarles todo. Quieren entrar al Primer Mundo y se quedaron en la Pulpo de goma...
-No pasaron de la de tiento.
-Se quedaron en la Plastibol.
Tito, luego de sentarse, se había ido dejando caer hacia atrás, hasta quedar acostado con el bolso de almohada.
-Avísame cuando empiece -pidió.
-¡Vestite, boludo! -atronó Aguilar-. Después empieza el partido y todavía te estás cambiando, como el otro día.
Tito se rió.
-¿Cuántos polvos te echaste, Tito? -preguntó Rogelio, que había terminado de enrollar las vendas. Tito seguía riéndose, tapándose los ojos con un brazo. Se le sacudía el estómago bajo la camisa a cuadros-. ¿La colocaste hoy? ¿Te permitió la patrona?
-¿Usted también la puso, Marcelito? -se interesó Aguilar, generalizando el tema.
-Cuatro al hilo.
-¿Y te podes sentar todavía?
-¿No se cansa tu novio? -añadió el Ruso.
Tito se seguía riendo. Pero se levantó de pronto, como alarmado.
-¡Che, esto está mojado!
-Y claro, nabo, si llovió toda la noche.
-¿Llovió mucho? -preguntó Marcelo.
-Yo me desperté a eso de las cuatro y caían soretes de punta-dijo Miguel que había abierto la botellita de aceite verde-. Dije "cagamos"...
-El Negro es como los pibes Jorge, ubicado entre los autos, meaba un neumático-. Se despierta a la madrugada para ver si llueve y si al día siguiente se puede jugar.
-¿Y qué te parece?
-Toda la semana esperando el sábado.
-Che... -Tito había empezado, morosamente, a desabrocharse el pantalón-. ¿Quién trae la pelota?
-Rogelio -Aguilar buscó con la vista y llamó- ¡Rogelio! Vos tenés la pelota, ¿no?
-No -se alarmó Rogelio.
-Ay, la concha de su madre -Marcelo tironeaba de los cordones-. Siempre el mismo quilombo con la pelota. ¡No me digas que no hay una pelota!
-Yo se la di a Pepe el sábado pasado - se encogió de hombros Rogelio.
-Uy, la puta que lo parió...
-Bueno, muchachos... -anunció resignadamente Tito, abrochándose de nuevo el cinturón.
-No. No -calmó Rogelio-. Pepe viene. Viene seguro.
-¿Cuándo hablaste con él?
-Esta mañana. Me dijo que venía. Más, teniendo la pelota. No nos va a cagar así.
-El que no viene es el Flaco -anunció el Ruso.
-¿Por qué no viene el Flaco?-se ofuscó Miguel-. ¿Otra vez nos caga ese hijo de puta?
-No sé, tenía que hacer...
-Pero... ¿será posible? -Miguel se había puesto de pie, deteniendo la minuciosa dispersión del aceite verde por sus piernas.- Yo no me explico. ¿Qué otra cosa más importante que jugar al fútbol podes tener que hacer un sábado a la tarde, decime? ¿Qué otra cosa?
-Tenía que viajar, iba a Córdoba, no sé...
-Pero que se vaya a la concha de su madre, que no venga más.
-Tiene una novia allá, por Alta Gracia, que le da cuerda.
-Ya se van los muchachos -el Ruso miraba hacia la cancha.
Los morochos se iban retirando. Había uno tirado en el suelo, boqueando. Otros dos corrían a un flaquito, que persistía en dispararse con la pelota. "¡Cuajada! -le gritaban-. ¡Para Cuajada o te vamos a cagar matando!" Se reían.
Gonzalo, que se cambiaba adentro del auto, por el frío, llegó al trote, endurecido.
-Pediles a ver si nos dejan la bola -sugirió al Negro. Aguilar miró hacia la cancha.
-¡Qué mierda te la van a dar! ¿Y dónde se la devolvés, después?
-Se la llevamos a la casa.
-¡Ni casa tienen estos negros! -se rió Marcelo-. Si vinieron todos en un camión. "Se la llevas a la casa". ¡Mira las amistades que tiene el Gonza!
-¡Boludo! ¡Si no tenemos pelota!
-Gonzalo miraba irse a los morochos, como con pena.
-Ahí viene Pepe. Ahí viene Pepe. Él la trae -tranquilizó Jorge.
-¿Ese es el auto de Pepe?
-Sí. Un Renault.
-¿Rojo?
-Sí, rojo.
-Ese auto no es rojo.
-Espera que pase detrás de la casilla y lo vas a ver bien.
-Sí, es Pepe, es Pepe...
-Es Pepe.
-¡Es Pepe! -certificó, casi desde el centro de la cancha, Marcelo.
-¿Qué haces, Chelo, estás rezando? -le gritó Gonzalo-. Marcelo se había arrodillado y, en un impensable rasgo de pudor, meaba cortito sobre el césped.
-Es muy católico el flaco.
-Che... -Tito se había quedado en calzoncillos y mostraba unas piernas flacas y lampiñas-. ¿Ellos vinieron?
Había logrado interpolar una nueva nota de intranquilidad. Aguilar y Miguel miraron hacia el otro costado de la cancha.
-Sí, vienen -masticó Miguel, que no quería pensar en la posibilidad de suspender-. Vienen. Ellos vienen.
-¿Vos viste a alguno?
-El jueves lo vi en el centro al pelado que juega de cinco. Y me dijo que venían.
-El jueves no, boludo. Ahora, te digo. ¿Acá viste a alguno?
El Ruso pisaba cuidadosamente la cancha casi pelada. Daba saltitos para entrar en calor.
-¡Allá hay uno! -gritó, señalando hacia los árboles de enfrente.
-Ah, sí... -Rogelio se quedó con el pantaloncito en el aire, escudriñando la lejanía-. El morochito que juega de siete. El... ¿cómo le dicen?
-El Bimbo, el Pimba, algo así. La mueve ese hijo de puta.
-¡Qué sorete la va a mover!
-¿Ah no? ¡El zaino que te hizo comer la vez pasada!
-¡Qué va a mover! A tu hermana se puede mover el flaco ese...
-Y con uno solo... ¿Qué hacemos?
-Tito dudaba en sacarse la camisa.
-¡Ya vienen los otros, pelotudo! Vienen todos juntos. El otro día vinieron en dos autos, sobre la hora.
-¿Qué hora es?
-Cambíate, gil, y deja de romper las bolas.
-Chupame el choto -recomendó Tito-. Y pasame el aceite verde.
-Cómprate, si querés aceite verde-negó Miguel-. Miserable de mierda. Vos sos como el otro, el Gonza, que nunca pone guita para la cancha...
-Métetelo en el orto.
-¿Vos sabes como pica?
-¿Nunca te lo pasaste sin querer por las bolas?
-Ay, mamita querida. ¿Y el Fonalgón?
Pepe había estacionado el auto y venía a paso lento hacia el grupo.
-¿Trajiste la pelota? -le gritaron varios.
-La tengo en el baúl.
-¡Y bajala, sota, o te crees que vamos a estar toda la tarde esperando!
-¡Pepe maricón! -chilló Marcelo, distorsionando la voz.
-¡Putazo! -se unió Tito. Pepe, caminando de nuevo hacia el auto, giró hacia ellos y se agarró los huevos. Después siguió caminando.
-¿Cuántos somos? -preguntó Miguel-. ¿Juntamos gente?
-Sí. Estamos. Estamos -dijo Aguilar.
-La concha de su madre puta -farfulló Tito. Se había quedado con la mitad de un cordón del botín en la mano.
-¿Sabes por qué te pasa eso? -asesoró el Negro-. Porque te pasas el cordón por debajo de la suela. ¿Te lo enrollas por debajo de la suela? Así se te rompe.
-¿Por qué no me chupás un huevo, cabezón? -Tito resoplaba reacomodando el largo de los cordones-. ¿Ahora me lo decís?
-Hay que decirles todo, Negro -habló Miguel-. No están para el Primer Mundo.
-Si por lo menos viniera un par más de ellos -calculó Gonzalo-. En el último de los casos hacemos un picado.
-¡Si ellos vienen, ellos vienen! -desestimó Miguel, que había terminado de lubricarse-. ¡Allá vienen!, ¿no ves? ¡Para que te dejes de hablar al reverendo pedo!
-Ahí estamos -musitó Gonzalo, levantando apenas la vista-. ¡Llegaron, che! -les avisó a los otros. Pepe había sacado la pelota del baúl del auto, la apretó un par de veces para ver cómo estaba y después la tiró hacia la cancha donde ya trotaban y hacían flexiones casi todos.
-¡Traela! ¡Traela! -pidió el Ruso, que sólo se ponía locuaz cuando entraba a la cancha. Miguel, en cambio, se mantuvo serio. Fue hasta donde estaba Tito y se puso en cuclillas junto a él.
-Tito -le dijo-. Hoy no te mandes tanto al ataque. Seguro que por tu lado va a jugar el flaco del otro día, ese que le dicen Trastorno. Es muy rápido. Trata de encimarlo y no dejarlo dar vuelta. Si lo dejas darse vuelta -te pinta la cara porque es un pedo líquido ese hijo de puta. Le vas encima y ponete de acuerdo con Aguilar para que cierre por detrás tuyo si se la meten a tu espalda...
-Tito aprobaba con la cabeza, obediente-.. ¿De acuerdo? ¿De acuerdo? -recalcó Miguel-. Porque vos me decís que sí y después no haces un carajo de lo que te digo...
-Sí. Pero decile al Negro. Porque aquél agarra la lanza y se va arriba y después no vuelve en la puta vida.
-Si vos te vas a volantear, yo te hago el relevo, quédate tranquilo. Pero además, yo le digo al Negro -Miguel se puso de pie como si hubiese terminado con la indicación, pero antes de meterse en la cancha, se volvió para decir-. Guarda los bolsos en el auto, Rogelio. Nunca se sabe.
A Tito lo único que le faltaba ponerse era la camiseta verde, y puteaba por el frío.
-Loco ¡qué busarda que tenés! -Pepe, desde el suelo, poniéndose los botines, lo miraba y se reía. Tito se miró el estómago como si recién lo descubriera.
-Tengo que salir a correr -calculó.
-¿No salís a correr en la semana?
-No tengo tiempo, Pepe. Debería. Pero...
-Salgamos. Llámame y salimos.
-Sí. Porque así...
-Después se siente en los partidos...
-Te llamo, porque no hay nada más rompebolas que correr solo.
-Después no me llamás nunca, hijo de puta. Ya el mes pasado me hiciste lo mismo.
-Te llamo, te llamo -prometió Tito, pero ya Pepe corría hacia el arco más cercano, donde peloteaban al Lungo. Miguel no se dignaba a patear. Intentaba tocarse la punta de los botines con los dedos y recomendaba "elongá, elongá" a cada uno que le pasaba cerca. Pero, de pronto se irguió y siguió atentamente el curso de una pelota que se iba entre los árboles.
-¡Che...! -advirtió-. ¿No está bofe esa pelota?
-Está un poco globo -admitió el Ruso-. Pero está bien.
Víctor la había ido a buscar casi hasta el terraplén, detrás del arco, y la devolvió hacía la semiborrada línea del área. Marcelo la paró con el pecho y la tiró de nuevo a la copa de los árboles.
-¿Con qué le pegas, hijo de puta? -lo observó, fijamente, Miguel, las manos en la cintura-. ¿Cómo se puede tener tan poca sensibilidad en el pie? ¿Cómo se puede ser tan animal? -Marcelo se reía-. Si te ve Federico Sacchi se muere de un infarto, querido -la siguió Miguel-. ¡Y pretenden jugar al fútbol! ¡Qué agravio a la cultura futbolística del país, por favor! ¡Son jugadores de terraza, nacidos en el centro! ¡Cuánto potrero que te falta, por Dios!
La pelota, esta vez, y quizás intencionadamente, le llegó a Miguel, que la puso bajo la suela y miró el arco.
-¿Dónde la querés? -le preguntó al Lungo.
-Pateá y dejá de hinchar las bolas -dijo el Lungo.
-Decime, decime.
-Ahí -señaló el Lungo, mostrando el ángulo bajo del segundo palo. Miguel le pegó de derecha, con estilo, y la pelota se elevó unos cuatro metros para caer tras el terraplén. Hubo risas.
-¡No! ¡Trae! ¡Trae para acá! -Miguel había salido disparado detrás de la pelota, a grandes trancos, enojado-. ¡No se puede jugar con eso! ¡Es un bofe esa pelota, hay que inflarla!
-¡No rompas las bolas, Miguel! Está bien la pelota. Mejor si está blanda. Dejala así -se quejó Gonzalo-. Después se moja y se pone que pesa una tonelada. Te hace mierda el balero si cabeceas...
-Mirá lo que es esto. Mirá lo que es esto -graneaba Miguel, oprimiendo la pelota con ambas manos-. No se puede jugar al fútbol con esto.
-¡Lárgala! Jorge se golpeó las manos, girando sobre sí mismo. ¡Cómo rompe las bolas el negro este!
-¡Pero si a ustedes les da lo mismo jugar con una pelota que con un ladrillo, querido! -dijo Miguel-. Para lo que juegan, todo les resulta lo mismo...
-La verdad que está un poco floja -admitió el Ruso, junto a Pepe.
-Pero es la única que hay.
-¡Muchachos! -llamó, Gonzalo, a los rivales-. ¿Ustedes trajeron una pelota? El Pelado negó con la cabeza.
-Nos dijeron que ustedes tenían. ¿Qué le pasa a esa? -preguntó después.
-¿Tienen un inflador? -Miguel estaba empecinado.
-¿Y qué haces con un inflador, Miguel, si no tenés un pico? -dijo Gonzalo, un poco harto.
-Pico hay. Pico hay. ¿Vos no tenés un pico en el auto, Pepe?
Pepe puteó por lo bajo y se fue para el auto.
-El flaco aquel tiene un inflador -alertó el Ruso, señalando, dentro del grupo de la contra, al que había llegado primero en bicicleta. Miguel se encaminó hacia allí.
-¡Déjalaasí, Negro! ¡Dejala así! ¡Está bien así! –insistió Jorge.
-A ver si todavía la hace cagar este pelotudo -previno Tito.
-¡Ustedes corran! -ordenó Miguel, dándose vuelta y sin soltar la pelota-.¡Muévanse, elonguen que hace frío!
Cuando Pepe llegó con el pico ya tenía el inflador.
-Dame -dijo. Y empezó a escudriñar el cuero de la pelota con los ojos entrecerrados-. ¿Dónde está la marquita?
-Hacela girar, hacela girar -dijo Pepe, con su cabeza casi apoyada sobre el hombro de Miguel.
-Sin anteojos no veo un choto.
-Marquita puta... Es una flechita...
-Una flechita. Pero se le borra después...
Miguel seguía haciendo girar el balón, mirándolo, con la nariz prácticamente pegada al cuero.
-A veces la marcan con una birome...-¡Acá está!
Una minúscula flecha bordada en cuero señalaba un orificio diminuto, disimulado en la costura de dos gajos.
-¿Es este, no, seguro?
-Sí, si, es ese... Miguel carraspeó.
-Metele un gallo -recomendó Pepe. Miguel sostenía la pelota con una mano contra el pecho mientras con la otra manipulaba el pico.
-¡Cómo vas a jugar con la pelota así, macho! -se escandalizó-. ¿Dónde se ha visto? ¡Estos, porque tienen un garfio en el empeine! Juegan al fútbol porque Dios es grande... No saben un sorete, hay que decirles todo...
-No te comprenden, Miguel.
-Sufro la soledad de los líderes, Pepe...
-¿Qué pasa, Miguel? -se acercó corriendo Tito-. Ya estamos para largar.
Miguel escupió una saliva blanca y espumosa sobre el agujero de la pelota. Le erró por un centímetro. Primero hizo girar el balón, procurando que la oscilación deslizara la escupida hasta cubrir el agujero. Pero luego, apurado, la empujó directamente con el dedo hasta tapar la casi inapreciable juntura. Luego metió la punta del pico hasta encontrar resistencia.
-Ojo... -recomendó Pepe-. ¿Ahí está el agujero?
-Para -dijo Miguel. Sin sacarle el pico del inflador, bajó la pelota hasta aprisionarla entre sus rodillas.
-Ojo -repitió Pepe. Miguel hizo fuerza, empujando el pico.
-No entra el hijo de puta -cerró los ojos.
-¿Estas seguro que está ahí la válvula? ¿No se habrá corrido la cámara?
-No. Está ahí. Está ahí -aseguró Miguel y pegó un nuevo empujón al pico. Se oyó una explosión ahogada y la pelota pareció aflojársele entre las manos.
-La pinché -dijo Miguel, girando la cabeza y mirando a Pepe con cara inexpresiva-. La pinché.
Estuvieron unos veinte minutos más viendo si llegaba alguien con una pelota. O si pasaba alguien que tuviera una. Marcelo se ofreció a ir a buscar una a la casa de un primo, en el centro, pero no sabía si el primo estaba o se había ido a la isla... Le dijeron que no. A la media hora, Tito comenzó a cambiarse de vuelta. Gonzalo lo puteó por enésima vez a Miguel y rumbeó para el auto.
-¡No se podía jugar así, querido! -reafirmó Miguel-. Se pinchó, mala suerte. Pero así no se podía jugar. Ningún jugador de fútbol que se respete puede jugar con una pelota así.
-Vos te quedaste en la Pulpo, Miguel -hirió Jorge, yéndose-. No estás para la de cuero.
-Y ustedes se quedaron en el Tercer Mundo, hermano -no daba el brazo a torcer, Miguel-. Les da lo mismo pato o gallareta. Total... para ustedes todo es igual...
-Miguel -llamó el Ruso, ya cambiado, en su habitual tono calmo y medido-. Ándate un poco a la concha de tu madre -y aceptó la invitación de Aguilar de volverse juntos en el auto para el centro.
Roberto Fontanarrosa
Textos para la clase del 22/6/18
1- Investigar la biografía de Artl
2- ¿De qué se trata La Isla Desierta?
3- ¿Les resulta provechoso a los personajes evadir la realidad?
4- ¿Qué relación tiene el título con el argumento?
5- ¿Podríamos decir que el celular es nuestra isla desierta? ¿Estás de acuerdo? Sí - No - Fundamentá la respuesta.
6- Caracteriza a los personajes de la obra y asignale a cada uno un interprete, es decir, que personaje famoso, real o ficticio se le parece.
Textos para utilizar en la clase del 7/6/18
La isla desierta de Roberto Arlt
1- Investigar la biografía de Artl
2- ¿De qué se trata La Isla Desierta?
3- ¿Les resulta provechoso a los personajes evadir la realidad?
4- ¿Qué relación tiene el título con el argumento?
5- ¿Podríamos decir que el celular es nuestra isla desierta? ¿Estás de acuerdo? Sí - No - Fundamentá la respuesta.
6- Caracteriza a los personajes de la obra y asignale a cada uno un interprete, es decir, que personaje famoso, real o ficticio se le parece.
Textos para utilizar en la clase del 7/6/18
La isla desierta de Roberto Arlt
Textos para la clase del 21/6/18
1- Investigar la biografía de Artl
2- ¿De qué se trata La Isla Desierta?
3- ¿Les resulta provechoso a los personajes evadir la realidad?
4- ¿Qué relación tiene el título con el argumento?
5- ¿Podríamos decir que el celular es nuestra isla desierta? ¿Estás de acuerdo? Sí - No - Fundamentá la respuesta.
Textos para utilizar en la clase del 21/6/18
La isla desierta de Roberto Arlt
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Nadie vino a reservar la cancha? –preguntó. Jorge haba atado el extremo de una venda al paragolpes del auto, se había alejado un par de metros y ahora la enrollaba prolijamente. No contestó.
-¿El boludo del Ruso no vino a reservar la cancha? -insistió Tito, el bolso al hombro.
-Cambíate Tito -dijo Aguilar-. Ya se van los muchachos.
-¡Ruso! -gritó Jorge-. ¿Reservaste la cancha?
El Ruso ni se dio vuelta para responder, sentado sobre el piso aún húmedo.
-No vine, Jorge -gritó-. ¡Con lo que llovió anoche! Pero no hay drama...
-El Ruso se la piroba a la vieja y la vieja se la presta -asesoró Aguilar.
-¡Ruso! -llamó Tito-. ¿Te seguís haciendo tirar la goma con la vieja cada vez que venís a alquilar la cancha?
-Por lo menos no te la cobrará ¿no? -aportó el Pichicua.
-El Ruso se piroba a la vieja -Jorge ya había terminado de enrollar las vendas-. La vieja no le cobra el alquiler pero después él nos lo cobra a nosotros.
-Esas viejas son perfectas para chuparte el zodape porque no tienen dientes, ¿no Ruso?
El Ruso movió la cabeza de un lado al otro.
-Hijos de puta -reprochó-. Como ochenta años tiene la vieja. ¿No tienen madre, ustedes?
-¿Qué? -Tito eructó-. ¿Te querés culear a mi vieja también?
Se rieron. En la cancha, una multitud de morochos corría detrás de una pelota marrón y deformada. Algunos de ellos con pantalones largos arremangados y descalzos. Jugaban y gritaban. Se reían.
-¡Tienen un pedo éstos! -dijo Marcelo.
-Claro. Si se comieron un asadito allá, detrás del arco.
-Mira la zapan de aquél... Hijo de puta, parece embarazado.
-Éstos no se van a ir más -calculó Tito, indolente.
-¡Cambíate forro! -le gritó Miguel-. Cambiate de una vez y deja de hinchar las pelotas.
-¿Y quién les va a decir que se vayan?
-Tito concedió descolgar el bolso del hombro-. -. ¿Vos les vas a decir que se vayan?
-¡Ya hablé con uno de ellos, pelotudo! -dijo Aguilar-. Se van ahora nomás.
-Mira la caripela de los negros. Como para decirles algo está...
-Si no se pueden ni mover del pedo que tienen. Juegan cinco minutos más y se mueren...
-¿No se pueden ni mover? -se hizo oír el Ruso, atándose los botines-. Mira cómo la pisa el gordo aquél... ¡recién hizo un gol!...
Tito se sentó sobre el pasto con un resuello.
-Sabes qué ganas de apoliyar que tengo... Me hubiera quedado durmiendo –dijo.
-Está lindo para dormir -aprobó el Ruso.
-Es al pedo -meneó la cabeza, Miguel-. Lo que es no saber un carajo de fútbol. Estos son los mejores días para jugar, querido. Nublado, fresco...
-Estuvo lloviendo, Negro -se quejó Tito.
-Quieren venir a jugar cuando hay sol y un calor de cagarse -Miguel afeó la voz, doctoral-. Ahí quieren venir a jugar. Cuando no te podés ni mover del calor que hay. Hoy está perfecto, papá.
-Es verdad. Es un día bárbaro -aprobó el Ruso, que dudaba entre sacarse el buzo o no.
-¡Pero claro, querido! -siguió Miguel-. Ni siquiera hay viento. Es preferible jugar con lluvia que con viento, mira lo que te digo.
-Seguro -Marcelo ingresó en la controversia, desde lejos-. Con viento es una cagada. Nunca sabes para dónde mierda sale la pelota. Con lluvia, cuando le agarras la mano al pique... chau ... cuando le adivinas el sapito...
-Es que sale como arriba de un vidrio...
-¡Eso! Ahí está la joda. Pero es mejor que con viento.
-Es que éstos no saben nada, Chelo -se envalentonó Miguel-. Hay que explicarles todo. Quieren entrar al Primer Mundo y se quedaron en la Pulpo de goma...
-No pasaron de la de tiento.
-Se quedaron en la Plastibol.
Tito, luego de sentarse, se había ido dejando caer hacia atrás, hasta quedar acostado con el bolso de almohada.
-Avísame cuando empiece -pidió.
-¡Vestite, boludo! -atronó Aguilar-. Después empieza el partido y todavía te estás cambiando, como el otro día.
Tito se rió.
-¿Cuántos polvos te echaste, Tito? -preguntó Rogelio, que había terminado de enrollar las vendas. Tito seguía riéndose, tapándose los ojos con un brazo. Se le sacudía el estómago bajo la camisa a cuadros-. ¿La colocaste hoy? ¿Te permitió la patrona?
-¿Usted también la puso, Marcelito? -se interesó Aguilar, generalizando el tema.
-Cuatro al hilo.
-¿Y te podes sentar todavía?
-¿No se cansa tu novio? -añadió el Ruso.
Tito se seguía riendo. Pero se levantó de pronto, como alarmado.
-¡Che, esto está mojado!
-Y claro, nabo, si llovió toda la noche.
-¿Llovió mucho? -preguntó Marcelo.
-Yo me desperté a eso de las cuatro y caían soretes de punta-dijo Miguel que había abierto la botellita de aceite verde-. Dije "cagamos"...
-El Negro es como los pibes Jorge, ubicado entre los autos, meaba un neumático-. Se despierta a la madrugada para ver si llueve y si al día siguiente se puede jugar.
-¿Y qué te parece?
-Toda la semana esperando el sábado.
-Che... -Tito había empezado, morosamente, a desabrocharse el pantalón-. ¿Quién trae la pelota?
-Rogelio -Aguilar buscó con la vista y llamó- ¡Rogelio! Vos tenés la pelota, ¿no?
-No -se alarmó Rogelio.
-Ay, la concha de su madre -Marcelo tironeaba de los cordones-. Siempre el mismo quilombo con la pelota. ¡No me digas que no hay una pelota!
-Yo se la di a Pepe el sábado pasado - se encogió de hombros Rogelio.
-Uy, la puta que lo parió...
-Bueno, muchachos... -anunció resignadamente Tito, abrochándose de nuevo el cinturón.
-No. No -calmó Rogelio-. Pepe viene. Viene seguro.
-¿Cuándo hablaste con él?
-Esta mañana. Me dijo que venía. Más, teniendo la pelota. No nos va a cagar así.
-El que no viene es el Flaco -anunció el Ruso.
-¿Por qué no viene el Flaco?-se ofuscó Miguel-. ¿Otra vez nos caga ese hijo de puta?
-No sé, tenía que hacer...
-Pero... ¿será posible? -Miguel se había puesto de pie, deteniendo la minuciosa dispersión del aceite verde por sus piernas.- Yo no me explico. ¿Qué otra cosa más importante que jugar al fútbol podes tener que hacer un sábado a la tarde, decime? ¿Qué otra cosa?
-Tenía que viajar, iba a Córdoba, no sé...
-Pero que se vaya a la concha de su madre, que no venga más.
-Tiene una novia allá, por Alta Gracia, que le da cuerda.
-Ya se van los muchachos -el Ruso miraba hacia la cancha.
Los morochos se iban retirando. Había uno tirado en el suelo, boqueando. Otros dos corrían a un flaquito, que persistía en dispararse con la pelota. "¡Cuajada! -le gritaban-. ¡Para Cuajada o te vamos a cagar matando!" Se reían.
Gonzalo, que se cambiaba adentro del auto, por el frío, llegó al trote, endurecido.
-Pediles a ver si nos dejan la bola -sugirió al Negro. Aguilar miró hacia la cancha.
-¡Qué mierda te la van a dar! ¿Y dónde se la devolvés, después?
-Se la llevamos a la casa.
-¡Ni casa tienen estos negros! -se rió Marcelo-. Si vinieron todos en un camión. "Se la llevas a la casa". ¡Mira las amistades que tiene el Gonza!
-¡Boludo! ¡Si no tenemos pelota!
-Gonzalo miraba irse a los morochos, como con pena.
-Ahí viene Pepe. Ahí viene Pepe. Él la trae -tranquilizó Jorge.
-¿Ese es el auto de Pepe?
-Sí. Un Renault.
-¿Rojo?
-Sí, rojo.
-Ese auto no es rojo.
-Espera que pase detrás de la casilla y lo vas a ver bien.
-Sí, es Pepe, es Pepe...
-Es Pepe.
-¡Es Pepe! -certificó, casi desde el centro de la cancha, Marcelo.
-¿Qué haces, Chelo, estás rezando? -le gritó Gonzalo-. Marcelo se había arrodillado y, en un impensable rasgo de pudor, meaba cortito sobre el césped.
-Es muy católico el flaco.
-Che... -Tito se había quedado en calzoncillos y mostraba unas piernas flacas y lampiñas-. ¿Ellos vinieron?
Había logrado interpolar una nueva nota de intranquilidad. Aguilar y Miguel miraron hacia el otro costado de la cancha.
-Sí, vienen -masticó Miguel, que no quería pensar en la posibilidad de suspender-. Vienen. Ellos vienen.
-¿Vos viste a alguno?
-El jueves lo vi en el centro al pelado que juega de cinco. Y me dijo que venían.
-El jueves no, boludo. Ahora, te digo. ¿Acá viste a alguno?
El Ruso pisaba cuidadosamente la cancha casi pelada. Daba saltitos para entrar en calor.
-¡Allá hay uno! -gritó, señalando hacia los árboles de enfrente.
-Ah, sí... -Rogelio se quedó con el pantaloncito en el aire, escudriñando la lejanía-. El morochito que juega de siete. El... ¿cómo le dicen?
-El Bimbo, el Pimba, algo así. La mueve ese hijo de puta.
-¡Qué sorete la va a mover!
-¿Ah no? ¡El zaino que te hizo comer la vez pasada!
-¡Qué va a mover! A tu hermana se puede mover el flaco ese...
-Y con uno solo... ¿Qué hacemos?
-Tito dudaba en sacarse la camisa.
-¡Ya vienen los otros, pelotudo! Vienen todos juntos. El otro día vinieron en dos autos, sobre la hora.
-¿Qué hora es?
-Cambíate, gil, y deja de romper las bolas.
-Chupame el choto -recomendó Tito-. Y pasame el aceite verde.
-Cómprate, si querés aceite verde-negó Miguel-. Miserable de mierda. Vos sos como el otro, el Gonza, que nunca pone guita para la cancha...
-Métetelo en el orto.
-¿Vos sabes como pica?
-¿Nunca te lo pasaste sin querer por las bolas?
-Ay, mamita querida. ¿Y el Fonalgón?
Pepe había estacionado el auto y venía a paso lento hacia el grupo.
-¿Trajiste la pelota? -le gritaron varios.
-La tengo en el baúl.
-¡Y bajala, sota, o te crees que vamos a estar toda la tarde esperando!
-¡Pepe maricón! -chilló Marcelo, distorsionando la voz.
-¡Putazo! -se unió Tito. Pepe, caminando de nuevo hacia el auto, giró hacia ellos y se agarró los huevos. Después siguió caminando.
-¿Cuántos somos? -preguntó Miguel-. ¿Juntamos gente?
-Sí. Estamos. Estamos -dijo Aguilar.
-La concha de su madre puta -farfulló Tito. Se había quedado con la mitad de un cordón del botín en la mano.
-¿Sabes por qué te pasa eso? -asesoró el Negro-. Porque te pasas el cordón por debajo de la suela. ¿Te lo enrollas por debajo de la suela? Así se te rompe.
-¿Por qué no me chupás un huevo, cabezón? -Tito resoplaba reacomodando el largo de los cordones-. ¿Ahora me lo decís?
-Hay que decirles todo, Negro -habló Miguel-. No están para el Primer Mundo.
-Si por lo menos viniera un par más de ellos -calculó Gonzalo-. En el último de los casos hacemos un picado.
-¡Si ellos vienen, ellos vienen! -desestimó Miguel, que había terminado de lubricarse-. ¡Allá vienen!, ¿no ves? ¡Para que te dejes de hablar al reverendo pedo!
-Ahí estamos -musitó Gonzalo, levantando apenas la vista-. ¡Llegaron, che! -les avisó a los otros. Pepe había sacado la pelota del baúl del auto, la apretó un par de veces para ver cómo estaba y después la tiró hacia la cancha donde ya trotaban y hacían flexiones casi todos.
-¡Traela! ¡Traela! -pidió el Ruso, que sólo se ponía locuaz cuando entraba a la cancha. Miguel, en cambio, se mantuvo serio. Fue hasta donde estaba Tito y se puso en cuclillas junto a él.
-Tito -le dijo-. Hoy no te mandes tanto al ataque. Seguro que por tu lado va a jugar el flaco del otro día, ese que le dicen Trastorno. Es muy rápido. Trata de encimarlo y no dejarlo dar vuelta. Si lo dejas darse vuelta -te pinta la cara porque es un pedo líquido ese hijo de puta. Le vas encima y ponete de acuerdo con Aguilar para que cierre por detrás tuyo si se la meten a tu espalda...
-Tito aprobaba con la cabeza, obediente-.. ¿De acuerdo? ¿De acuerdo? -recalcó Miguel-. Porque vos me decís que sí y después no haces un carajo de lo que te digo...
-Sí. Pero decile al Negro. Porque aquél agarra la lanza y se va arriba y después no vuelve en la puta vida.
-Si vos te vas a volantear, yo te hago el relevo, quédate tranquilo. Pero además, yo le digo al Negro -Miguel se puso de pie como si hubiese terminado con la indicación, pero antes de meterse en la cancha, se volvió para decir-. Guarda los bolsos en el auto, Rogelio. Nunca se sabe.
A Tito lo único que le faltaba ponerse era la camiseta verde, y puteaba por el frío.
-Loco ¡qué busarda que tenés! -Pepe, desde el suelo, poniéndose los botines, lo miraba y se reía. Tito se miró el estómago como si recién lo descubriera.
-Tengo que salir a correr -calculó.
-¿No salís a correr en la semana?
-No tengo tiempo, Pepe. Debería. Pero...
-Salgamos. Llámame y salimos.
-Sí. Porque así...
-Después se siente en los partidos...
-Te llamo, porque no hay nada más rompebolas que correr solo.
-Después no me llamás nunca, hijo de puta. Ya el mes pasado me hiciste lo mismo.
-Te llamo, te llamo -prometió Tito, pero ya Pepe corría hacia el arco más cercano, donde peloteaban al Lungo. Miguel no se dignaba a patear. Intentaba tocarse la punta de los botines con los dedos y recomendaba "elongá, elongá" a cada uno que le pasaba cerca. Pero, de pronto se irguió y siguió atentamente el curso de una pelota que se iba entre los árboles.
-¡Che...! -advirtió-. ¿No está bofe esa pelota?
-Está un poco globo -admitió el Ruso-. Pero está bien.
Víctor la había ido a buscar casi hasta el terraplén, detrás del arco, y la devolvió hacía la semiborrada línea del área. Marcelo la paró con el pecho y la tiró de nuevo a la copa de los árboles.
-¿Con qué le pegas, hijo de puta? -lo observó, fijamente, Miguel, las manos en la cintura-. ¿Cómo se puede tener tan poca sensibilidad en el pie? ¿Cómo se puede ser tan animal? -Marcelo se reía-. Si te ve Federico Sacchi se muere de un infarto, querido -la siguió Miguel-. ¡Y pretenden jugar al fútbol! ¡Qué agravio a la cultura futbolística del país, por favor! ¡Son jugadores de terraza, nacidos en el centro! ¡Cuánto potrero que te falta, por Dios!
La pelota, esta vez, y quizás intencionadamente, le llegó a Miguel, que la puso bajo la suela y miró el arco.
-¿Dónde la querés? -le preguntó al Lungo.
-Pateá y dejá de hinchar las bolas -dijo el Lungo.
-Decime, decime.
-Ahí -señaló el Lungo, mostrando el ángulo bajo del segundo palo. Miguel le pegó de derecha, con estilo, y la pelota se elevó unos cuatro metros para caer tras el terraplén. Hubo risas.
-¡No! ¡Trae! ¡Trae para acá! -Miguel había salido disparado detrás de la pelota, a grandes trancos, enojado-. ¡No se puede jugar con eso! ¡Es un bofe esa pelota, hay que inflarla!
-¡No rompas las bolas, Miguel! Está bien la pelota. Mejor si está blanda. Dejala así -se quejó Gonzalo-. Después se moja y se pone que pesa una tonelada. Te hace mierda el balero si cabeceas...
-Mirá lo que es esto. Mirá lo que es esto -graneaba Miguel, oprimiendo la pelota con ambas manos-. No se puede jugar al fútbol con esto.
-¡Lárgala! Jorge se golpeó las manos, girando sobre sí mismo. ¡Cómo rompe las bolas el negro este!
-¡Pero si a ustedes les da lo mismo jugar con una pelota que con un ladrillo, querido! -dijo Miguel-. Para lo que juegan, todo les resulta lo mismo...
-La verdad que está un poco floja -admitió el Ruso, junto a Pepe.
-Pero es la única que hay.
-¡Muchachos! -llamó, Gonzalo, a los rivales-. ¿Ustedes trajeron una pelota? El Pelado negó con la cabeza.
-Nos dijeron que ustedes tenían. ¿Qué le pasa a esa? -preguntó después.
-¿Tienen un inflador? -Miguel estaba empecinado.
-¿Y qué haces con un inflador, Miguel, si no tenés un pico? -dijo Gonzalo, un poco harto.
-Pico hay. Pico hay. ¿Vos no tenés un pico en el auto, Pepe?
Pepe puteó por lo bajo y se fue para el auto.
-El flaco aquel tiene un inflador -alertó el Ruso, señalando, dentro del grupo de la contra, al que había llegado primero en bicicleta. Miguel se encaminó hacia allí.
-¡Déjalaasí, Negro! ¡Dejala así! ¡Está bien así! –insistió Jorge.
-A ver si todavía la hace cagar este pelotudo -previno Tito.
-¡Ustedes corran! -ordenó Miguel, dándose vuelta y sin soltar la pelota-.¡Muévanse, elonguen que hace frío!
Cuando Pepe llegó con el pico ya tenía el inflador.
-Dame -dijo. Y empezó a escudriñar el cuero de la pelota con los ojos entrecerrados-. ¿Dónde está la marquita?
-Hacela girar, hacela girar -dijo Pepe, con su cabeza casi apoyada sobre el hombro de Miguel.
-Sin anteojos no veo un choto.
-Marquita puta... Es una flechita...
-Una flechita. Pero se le borra después...
Miguel seguía haciendo girar el balón, mirándolo, con la nariz prácticamente pegada al cuero.
-A veces la marcan con una birome...-¡Acá está!
Una minúscula flecha bordada en cuero señalaba un orificio diminuto, disimulado en la costura de dos gajos.
-¿Es este, no, seguro?
-Sí, si, es ese... Miguel carraspeó.
-Metele un gallo -recomendó Pepe. Miguel sostenía la pelota con una mano contra el pecho mientras con la otra manipulaba el pico.
-¡Cómo vas a jugar con la pelota así, macho! -se escandalizó-. ¿Dónde se ha visto? ¡Estos, porque tienen un garfio en el empeine! Juegan al fútbol porque Dios es grande... No saben un sorete, hay que decirles todo...
-No te comprenden, Miguel.
-Sufro la soledad de los líderes, Pepe...
-¿Qué pasa, Miguel? -se acercó corriendo Tito-. Ya estamos para largar.
Miguel escupió una saliva blanca y espumosa sobre el agujero de la pelota. Le erró por un centímetro. Primero hizo girar el balón, procurando que la oscilación deslizara la escupida hasta cubrir el agujero. Pero luego, apurado, la empujó directamente con el dedo hasta tapar la casi inapreciable juntura. Luego metió la punta del pico hasta encontrar resistencia.
-Ojo... -recomendó Pepe-. ¿Ahí está el agujero?
-Para -dijo Miguel. Sin sacarle el pico del inflador, bajó la pelota hasta aprisionarla entre sus rodillas.
-Ojo -repitió Pepe. Miguel hizo fuerza, empujando el pico.
-No entra el hijo de puta -cerró los ojos.
-¿Estas seguro que está ahí la válvula? ¿No se habrá corrido la cámara?
-No. Está ahí. Está ahí -aseguró Miguel y pegó un nuevo empujón al pico. Se oyó una explosión ahogada y la pelota pareció aflojársele entre las manos.
-La pinché -dijo Miguel, girando la cabeza y mirando a Pepe con cara inexpresiva-. La pinché.
Estuvieron unos veinte minutos más viendo si llegaba alguien con una pelota. O si pasaba alguien que tuviera una. Marcelo se ofreció a ir a buscar una a la casa de un primo, en el centro, pero no sabía si el primo estaba o se había ido a la isla... Le dijeron que no. A la media hora, Tito comenzó a cambiarse de vuelta. Gonzalo lo puteó por enésima vez a Miguel y rumbeó para el auto.
-¡No se podía jugar así, querido! -reafirmó Miguel-. Se pinchó, mala suerte. Pero así no se podía jugar. Ningún jugador de fútbol que se respete puede jugar con una pelota así.
-Vos te quedaste en la Pulpo, Miguel -hirió Jorge, yéndose-. No estás para la de cuero.
-Y ustedes se quedaron en el Tercer Mundo, hermano -no daba el brazo a torcer, Miguel-. Les da lo mismo pato o gallareta. Total... para ustedes todo es igual...
-Miguel -llamó el Ruso, ya cambiado, en su habitual tono calmo y medido-. Ándate un poco a la concha de tu madre -y aceptó la invitación de Aguilar de volverse juntos en el auto para el centro.
Roberto Fontanarrosa
Textos para la clase del 22/6/18
1- Investigar la biografía de Artl
2- ¿De qué se trata La Isla Desierta?
3- ¿Les resulta provechoso a los personajes evadir la realidad?
4- ¿Qué relación tiene el título con el argumento?
5- ¿Podríamos decir que el celular es nuestra isla desierta? ¿Estás de acuerdo? Sí - No - Fundamentá la respuesta.
6- Caracteriza a los personajes de la obra y asignale a cada uno un interprete, es decir, que personaje famoso, real o ficticio se le parece.
Textos para utilizar en la clase del 7/6/18
La isla desierta de Roberto Arlt
1- Investigar la biografía de Artl
2- ¿De qué se trata La Isla Desierta?
3- ¿Les resulta provechoso a los personajes evadir la realidad?
4- ¿Qué relación tiene el título con el argumento?
5- ¿Podríamos decir que el celular es nuestra isla desierta? ¿Estás de acuerdo? Sí - No - Fundamentá la respuesta.
6- Caracteriza a los personajes de la obra y asignale a cada uno un interprete, es decir, que personaje famoso, real o ficticio se le parece.
Textos para utilizar en la clase del 7/6/18
La isla desierta de Roberto Arlt
Textos para la clase del 21/6/18
1- Investigar la biografía de Artl
2- ¿De qué se trata La Isla Desierta?
3- ¿Les resulta provechoso a los personajes evadir la realidad?
4- ¿Qué relación tiene el título con el argumento?
5- ¿Podríamos decir que el celular es nuestra isla desierta? ¿Estás de acuerdo? Sí - No - Fundamentá la respuesta.
Textos para utilizar en la clase del 21/6/18
La isla desierta de Roberto Arlt
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Actividades para el viernes 18/5/18
Primero que nada, disculpas por no ir hoy, tengo a mi nena con Otitis. Igualmente les dejo un audio de una leyenda de Bécquer y dos videos que cuentan historias, o mejor dicho leyendas urbanas (de terror), mírenlos. También tienen un link con información sobre leyendas clásicas de argentina.
https://www.youtube.com/watch?v=kv21cRHz140
https://www.youtube.com/watch?v=2TDzpE1m36o&t=1317s
https://www.youtube.com/watch?v=Gdt__k0Z05w
https://sobreleyendas.com/tag/leyenda-argentina/
Actividad
Conversen y compartan en grupo historias y leyendas urbanas que conozcan. Luego escriban cada uno alguna de estas leyendas.
LA LOTERIA DE BABILONIA de Jorge Luis Borges Clase del 11/05/2018
http://www.ingenieria.unam.mx/dcsyhfi/material_didactico/Literatura_Hispanoamericana_Contemporanea/Autores_B/BORGES/babi.pdf
Actividades
1) Biografia del autor
2) ¿Cómo nace en Babilonia el juego de la loteria?
3) ¿Qué cambio le hacen al juego para hacerlo más atractivo?
4) Con el paso del tiempo "La Compañía" se hizo cada vez más poderosa ¿por qué sucedió eso?
5) Realiza una analogía (comparación) entre las actitudes del pueblo de Babilonia y la sociedad actual ¿Qué similitudes y diferencias encontrás? Mínimo relacionar tres características. Presentarlo en formato cuadro de doble entrada.
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